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¿Algún amigo en la ciudad?

UN AMIGO EN LA CIUDAD

Hace no demasiado tiempo, en un Club de Lectura mixto (entiéndase aquí mixto como compuesto por lectores sin ánimo de escribir y lectores con inquietudes de esas narrativas) y a raíz de vaya usted a saber qué (quizá un libro de Beckett, Dios nos libre) descubrimos que aquellos que se señalaban como lectores sin ánimo narrativo decían no sentir culpa y, aquellos con ánimo narrativo, decían sentirla.

Para escribir o dejar de hacerlo uno puede buscar muchos motores, desde el odio que siente hacía sus iguales hasta el amor que estos le inspiran pasando por toda clase de improperios medios, a saber, la salvaguarda moral de la humanidad o la crítica de las miserias del trabajo, pero no dudo que eso que viene llamándose la culpa es raíz de muchos textos, quizá no tema central, pero si nota dominante. Y es que es la culpa es uno de esos asuntos que a veces uno no sabe muy bien de dónde carajo vienen y que siempre generan alguna clase de respuesta en la acción, respuesta generalmente desacertada.
-¿No crees, Juan?
Sin duda. En la culpa del narrador podría ocultarse, además, el misterio de la novela, y cuál es el misterio de la novela: la enorme y creciente perplejidad del protagonista, que no es capaz de entender nada de lo que antes le parecía muy normal: todo deja de tener sentido, no solo su ciudad, su matrimonio, su trabajo o sus amigos, sino hasta su propia ubicación en el espacio y en el tiempo.

Ustedes se preguntarán de qué novela hablamos. Este Juan que me responde aquí arriba es Juan Aparicio Belmonte que acaba de escribir y publicar en Siruela la que es su sexta novela, Un amigo en la ciudad, una novela que, desde mi habitual poco juicio, es una comedia de la culpa.
-El autor debe ahora llevarme la contraria:
No lo sé, la verdad, algunos lectores ven sobre todo el lado humorístico del libro, ese aspecto cómico, otros no tanto y más bien me hablan del desasosiego que experimentan con la narración. Eso depende del lector. Creo que la novela combina ambas cosas. Tú has visto la culpa, probablemente porque es el aspecto que más refleja tus preocupaciones; otros lectores se decantan por el miedo, el desamor o la agresividad social. Me hizo gracia leer dos críticas, la del Lector Malherido en Diario Kafka y la de Ricardo Senabre en El Cultural, que siendo positivas y favorables a la novela no podían ser más opuestas en su interpretación del libro, dónde uno encontraba profundidad o gravedad, el otro trivialidad y así. Pienso que eso habla bien del libro; es una novela rica en interpretaciones.

Yo no sé cuantas novelas de Juan me he leído (si no todas casi todas aunque no todas las he pagado) y casi todas las he disfrutado. Cuando uno lee, uno tiene como normal que un escritor tenga una visión particular de la realidad y que esa visión se cuele en sus textos. En el caso de Juan Aparicio Belmonte esto es doblemente así. Juan tiene más una visión particular (distorsión) de la realidad que de la literatura y, por ello, esa visión no recae sobre el estilo del texto (ese cavarse una tumba en el verbo a pico y pala) sino sobre el punto de vista de un personaje principal que le hace al autor un poco así como de ventrílocuo (o al revés). Ese personaje es un Juan al cubo, una especie de Juan exacerbado, alguien que en líneas generales acostumbra a ver el universo como un complot, como la madre de todas las amenazas y de todas las conspiraciones, como un sistema no sólo corrupto sino molesto, lleno de sujetos agresivos, tiburones monstruosos (amigos o enemigos, en la ciudad o no) y todos ellos en mayor medida siervos de una realidad que sólo puede provocar un oscuro pavor. Es así la literatura de Juan una especie de mapa del desplazado que ha ido creciendo en accidentes geográficos hasta llegar a esta novela: una novela que cristaliza su trabajo anterior y le añade profundidad.
-¿Por qué ese mundo hostil en tus novelas? ¿Para cuándo una novela con un universo amable? ¿Con gentes buenas?
Bueno, es cierto que personalmente me siento más un individuo al que los acontecimientos le pueden que uno que domina la realidad. En el propio mundo literario me cuesta a veces comprender, como a tantos colegas escritores, cómo consiguen algunos autores estar siempre en el candelero, sin apenas tener obra o con una obra muy pobre, y otros no tanto. Yo pensaba que esta dificultad para desenvolverse con solvencia por la vida era uno de los factores que predisponían a la vocación literaria, puesto que en la escritura tu eres dueño y señor de lo que ocurre, nada, salvo la falta de inspiración, te puede dar un disgusto, pero hoy día el escritor debe desarrollar un aspecto de la personalidad que tiene más que ver con el marketing y las relaciones sociales que con el puro talento de narrador, lo cual, al margen de otras consideraciones, me parece latoso y contrario a la vocación literaria. De ahí, de esa incapacidad para dominar el rumbo de mi vida, tal vez provenga esa querencia literaria por narrar un mundo hostil. Pero no estoy tan convencido de que el narrador sea un Juan al cubo, como tú dices, o en otras palabras, no creo ser el paranoico que describes. Más bien me considero confianzudo. Bien es cierto que sin cierta desconfianza, de la que no me avergüenzo, no habría podido sobrevivir a la silente invasión terrícola que han llevado a cabo los habitantes de Ganímedes sin que os hayáis enterado.

No sufran. En Un amigo en la ciudad no hay habitantes de Ganímedes y el mayor extraterrestre sea posiblemente la realidad que el personaje principal confecciona: es esta la novela de un vendedor de máquinas de batidos en polvo, padre de una niña pequeña que ve con espanto como su mujer comienza a convertirse en un hombre. Amén. La novela de alguien que recibe unas llamadas de teléfono que producen un insoportable dolor de cabeza y la novela de alguien que no sabe si vive en el pasado, el futuro o el presente (agudeza formal que adquiere sentido vista, se me ocurre, a los cuarenta años, desde ese punto en el que la vida ha sido y está por ser en la misma medida, o en ninguna). Es también la novela de alguien que en una ocasión tuvo que saltar de un avión y no saltó.
-¿De dónde salen, entonces, estos personajes tuyos?
Nacen de mí, eso seguro, pero tengo lo mismo de este personaje que del resto; con todos me puedo identificar en mayor o menor medida, y nacen también de mi observación del entorno, claro. Me considero, en cualquier caso, un autor anti-autobiográfico, que trabaja sobre todo con la imaginación, bien es cierto que suelo prestar a mis protagonistas aspectos de mi vida, pero aspectos más bien superficiales. Escribo para enajenarme, no para narrar mi vida, escribo para vivir otra vida, no para reproducir la mía. La literatura autobiográfica me resulta complicadísima, y admiro a los escasos autores que logran hacer un personaje versosímil de sí mismos. Pienso que, finalmente, estoy más presente en los personajes femeninos que en los masculinos. No soy tan débil, por fortuna, como suelen ser mis protagonistas masculinos.

Un protagonista masculino que en este caso se nombra bajo el mote de “Pir”, alguien que lanza una piedra y esconde la mano y ¿quién no ha lanzado una piedra y escondido la mano alguna vez? “Pir” la esconde drásticamente bien, de una manera tan profunda que deja de ver la piedra aunque la tenga metida en el mismísimo ojo. Y al no poder explicarse (verla) la piedra, se empeña en que la realidadacepte también que esa piedra no existe y es así como la realidad se distorsiona alrededor de la historia con excelencia, se rompe por sus costuras, se quiebra y se vuelve a construir. Sólo nos queda preguntarnos si acaso “Pir” desea esa distorsión de lo real o no. Prueben a ser un vendedor de batidos en polvo cercano a los cuarenta.
-¿La desea? ¿Desea “Pir” enviar su vida a la locura más absoluta o es que no puede hacer otra cosa?
No sabría qué contestarte, la verdad. Pir me resulta tan raro como a cualquier lector, quiero decir, que si no he dicho más de Pir en la novela es porque me pareció que la novela no lo necesitaba, o funcionaba mejor sin esos datos aclaratorios, así que, paranoico como soy, no traicionaré ahora la decisión narrativa que tomé mientras escribía.

Y por todo esto, por esta imposibilidad de Pir por explicarse qué ha hecho o qué ha ocurrido, esa culpa de la que hablo sin cesar. Una culpa que es también como una piedra en el bolsillo, una que tira hacía abajo, una que puede acabar por dejarte con los pantalones bien bajados y el culo en pompa delante de la multitud.De ahí la ansiedad, el horror, las sudoraciones, este viaje al fin de la noche que es un ataque de pánico hermosamente descrito y que es también una novela, como si Woody Allen corriera por la noche Madrileña y comiera calamares.
-¿Y aparte de la culpa? ¿Qué más?
Bueno, creo que hay una mirada muy crítica sobre la sociedad en la que vivimos: me ha salido así la novela. Y no creo que sea una novela madrileña, o sí lo es, pero solo de manera anecdótica. Podría haber sido emplazada en cualquier ciudad europea de más de un millón de habitantes, toda vez que la vida en las grandes ciudades es similar. A veces, situar una novela en Madrid se considera, con buena o mala fe, fruto de una pulsión localista, pero si la sitúas en Barcelona es hablar de la ciudad de los prodigios, palabras mayores, y si eliges Nueva York o Londres ya no digamos, el papanatismo de algunos (que no es otra cosa que un indicio de nuestra bien domesticada mentalidad de colonia) se enerva hasta el orgasmo. Me resulta chocante.

Yo no sé si ustedes acaso son de esos lectores sin ánimo narrativo o con ánimo narrativo o qué, si acaso sienten o padecen culpa como el común de los mortales, pero considero que cualquiera que haya arrojado al menos una vez en la vida una piedra y escondido la mano, disfrutará con creces de este amigo en la ciudad y el que no, en fin, ese está libre de pecado y no habráentendido nada de lo que digo.
-¿Acaso tú me entendiste, Juan?
No sé, Guillermo, no estoy seguro. Solo me pregunto si este artículo/entrevista tan extravagante, tan tuyo, invitara a que algún nuevo lector se asome a mi novela. ¿Tú qué crees, Guillermo? ¿Tú qué crees?

Yo espero y creo que sí porque la novela bien lo merece, pero por Dios, Juan, deja de agitarme por los hombros.


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Sobre el autor

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Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

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