Columnas

El amor en los tiempos de Facebook

Los indios americanos creían que las fotografías nos robaban el alma. Dada la naturaleza de esta cosa que se viene a llamar alma, nadie puede decir que les faltara razón. Y si además compartimos su creencia, podemos afirmar que somos todos unos desalmados. Nunca como ahora nuestras imágenes se reproducen con tanta avidez. Gracias a los blogs, a las páginas de redes sociales, a Youtube y etc, si alguna vez hemos tenido alma la hemos ido perdiendo gota a gota, clic a clic, sin darnos cuenta.

Es cierto que las formas de relacionarse han cambiado muchísimo al abrirse tantas ventanas dentro de esa ventana mágica e imprevisible que es Internet. Tiene numerosas ventajas: la red permite, en ocasiones, conocer a una persona antes por dentro que por fuera, nos permite acceder a ese “alma” en subasta perpetua que tenemos todos los que nos asomamos a la comunidad global.

Ahora, en vez de imaginar el rostro de la persona amada basta con visitar sus vídeos o fotos para reconstruirle en todo tipo de situaciones: comiendo un yogur, comiendo dos yogures, vomitando, de acampada.

¿Pero qué hay del tú a tú? ¿Qué pasa cuando se encuentra esa ventana iluminada, ese mundo al que acceder?

No sé en qué libro mi admirado Chuck Palahniuk afirmaba que tener cien canales de televisión no es libertad, sino una forma sofisticada de coacción. Ocurre lo mismo con las formas de “tocar” a ese alma gemela: telefonía móvil, correo electrónico, mensajería instantánea. Habiendo tantos medios a tu alcance es fácil sentirse bloqueado, o pensar en quedar a tomar un café como una aventura atávica y repleta de peligros. Mirar a alguien a los ojos puede ser una experiencia sobrecogedora para aquellos que están más acostumbrados a seducir a los suaves monigotes verdes del messenger.

Esta es una época en la que el amor no ocupa lugar. No hay cartas, no hay mechones de pelo, solo residuos en el caché.

No sé si con esta revolución hemos ganado, perdido o si simplemente somos diferentes. Creo que el mundo ahora se ha hecho más pequeño, pero que eso no es necesariamente bueno. Quizá amabámos más cuando el universo era más grande y al amor, al menos al principio, había que completarlo, imaginarlo, soñarlo.

Y aquí estamos, siempre esperando, siempre con las ventanas abiertas. Nos hemos quedado sin alma pero a cambio tenemos todos esos fragmentos de esas personas cuya esencia vamos fagocitando. ¿Cuentan todas esas limaduras de alma como una nueva?

Seguramente Google nos pueda dar la respuesta.


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Ángela Armero

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