Columnas

El As de Espadas de Philip Seymour Hoffman

Philip Seymour Hoffman
Ángela Medina
Escrito por Ángela Medina

El pasado 2 de febrero Philip Seymour Hoffman nos dejó por otra. Uno de los mejores amantes que hemos tenido, tan metódico, tan educado, tan preciso a la hora de dejarnos satisfechos, se cansó de darnos avisos y mostró al mundo la mayor de sus debilidades. El extraordinario animal del celuloide falló en el último momento con un acto de lo más ordinario: no recogió a sus hijos para pasar con ellos el domingo.

En 35 mm podía llegar a ser soberbio, prepotente, pusilánime, maleducado, desagradable. Pero cuando la cámara se apagaba, parecía desprenderse de cada uno de esos adjetivos. Abordaba sus papeles con escrupulosidad, alabando el trabajo en equipo y con la disciplina de un actor de teatro. No era el más guapo de todos, pero sí el que siempre estuvo a la altura en todas las citas.

Por eso cuando le escuchábamos decir que si hubiera sido rico, guapo y famoso a los 19, habría durado poco, o que después de 23 años limpio había metido la pata, no dejábamos de asomar ni un solo diente de nuestra sonrisa. No, nuestro Philip no nos haría eso. Podía sentirse atraído por otra, pero a quien realmente quería era a nosotros.

Su amigo y guionista David Katz le encontró en el cuarto de baño de su casa de Nueva York con una aguja clavada en el brazo, y desde aquel momento, la cantidad de heroína dispersa por la casa aumenta o disminuye según quién relata la historia.Y así se marchó, sin recoger sus cosas ni planearlo demasiado, de la mano de una exuberante y dulce papelina llamada As de Espadas, la única que consiguió convencerle de que en su cama estaría más caliente.

Y quedaron esperando sus tres hijos, la prueba de que papá tenía planes para un futuro muy cercano, de que no estaba preparado para olvidarse de nuestros abrazos, de que solo quería pasar un buen rato y volver un poco más desahogado. Ni él quería entregarnos las llaves de casa ni nosotros pensamos nunca en reclamárselas, porque con él la convivencia era perfecta.

Philip Seymour Hoffman no tenía que marcharse. A diferencia de HeathLedger, no acababa de despuntar antes de despedirse. No necesitaba ser un River Phoenix para que tras su muerte empezaran a ensalzarle. Philip era adorado, reconocido por público y crítica, con una de las carreras más sólidas de los últimos años. No nos hacía falta que abandonara nuestro hogar para valorar lo que era tenerle de nuestro lado.

Ahora toca mirar la pantalla esperando esa última escena que siempre deja el que se va y rememorar los momentos más dulces de una relación de 23 años: Brandten El Gran Lebowski. Allen en Happiness.Phil Parma. Paul Zara. Andy Hanson. Lester Bangs. Gust Avrakotos.John Savage. El padre BrendanFlynn. LacasterDodd. Truman Capote…

A todos ellos, y a muchos más, se los llevó la heroína la semana pasada.

Que cada uno atesore la escena con la que se enamoró de Philip Seymour Hoffman. Es el único consuelo que puede quedarnos después de haber perdido la partida en la última mano por un entrometido As de Espadas.


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Sobre el autor

Ángela Medina

Ángela Medina

(Cádiz, 1981) es licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas, máster en Escritura Creativa y máster en Edición Profesional de Libros. Trabaja en varios proyectos relacionados con la creatividad: es copywriter online para diversas agencias y estudios de publicidad, profesora en Hotel Kafka, colaboradora en Ámbito Cultural y editora en 120 Pies. Es autora de las novelas Pañales y cerveza (Demipage, 2011) y En frío (Ediciones La Palma, 2015), y del libro 742 ideas para escribir (Kitsune Books, 2016).

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