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Castigos Bíblicos

Caín y Abel
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Escrito por Rafael Reig

En la Biblia, como en las buenas novelas policíacas, el primer cadáver aparece en seguida, en las primeras páginas. El detective, Yahvé, descubre al asesino y le somete a uno de sus “hábiles interrogatorios”.

―No sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? ―responde el culpable, intentando escabullirse, pero “la voz de la sangre” le delata “desde el suelo”.

¿Qué castigo recibe el primer asesino de la historia?

La inmortalidad.

En este libro repleto de castigos implacables y venganzas feroces, Yahveh castiga el asesinato con la inmortalidad.

Incluso le puso una señal a Caín, para que nadie que le encontrara pudiera darle la muerte.

En un juicio sumarísimo, la autoridad condena a este Raskolnikov primitivo a vivir para siempre, errante y vagabundo, sin que nadie pueda darle muerte. Como se sabe, Caín se instaló al este del Edén y fundó la primera ciudad, a la que puso el nombre de su hijo, Enoch. Como si dijéramos, gracias al primer asesinato, el hombre se exilió de la naturaleza para instalarse en la cultura.

La inmortalidad parece sin duda un castigo justo y proporcionado para un delito de asesinato (con la circunstancia agravante de fratricidio). Si tú mueres, si te mato, yo viviré: ésta es la ecuación. Para Caín, Abel era la humanidad entera, el resto del mundo, pues ni Eva ni Adán eran del todo humanos, es decir, nacidos de mujer. Por lo tanto: si mato a toda la humanidad, seré inmortal.

La conclusión es que, para ser inmortal o, con más modestia, para estar vivo, para permanecer vivo, hay que quedarse solo. Matamos para estar solos en el mundo: para que nadie nos mire. Es lo que le sucede a Caín: baja la cabeza porque no puede soportar la mirada de Abel, el favorito de Yahveh. En cuanto Yahveh se da cuenta de que Caín, con la vista fija en el suelo (el mismo santo suelo que luego le delatará), evita la mirada de Abel, ya sabe que se ha apoderado de él el deseo de matar: quiere permanecer vivo, ser inmortal. Ya es culpable.

Lo que sintió Caín, lo que le asustó, creo yo, es el mismo miedo y la misma tentación de los que habla Fernando Pessoa en su Primer Fausto:

¡El horror metafísico del Otro!
¡Este pavor de una conciencia ajena
como un dios espiándome!
¡Ojalá yo pudiera
ser la única cosa o animal,
para no ver nadie que me mirase!

O horror metafísico de Outrem!
O pavor de uma consciência alheia
Como um deus a espreitar-me!
Quem me dera
Ser a única cousa ou animal
Para não ter olhares sobre mim!

Para vencer el miedo metafísico, para que nadie nos mire, para aniquilar el deseo de inmortalidad, para evitar el recurso (siempre incómodo) al asesinato, sólo conozco dos formas de quedarse de verdad solo en el mundo, es decir, de cancelar la realidad: leer y escribir.

O quizá una, pues ¿no es escribir una manera de leer?

Escribo, por tanto, para seguir vivo (sin necesidad de matar a nadie). Leo para continuar viviendo.

Cuando se apodere de ti el deseo urgente de cometer un asesinato, abre un libro. Serás inmortal sin derramamiento de sangre.


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Rafael Reig

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