Columnas

Celebrar la guerra

Ámbito Cultural

En este 2014 recién comenzado recordamos, lloramos, conmemoramos o reflexionamos (sabrá Dios dónde está la frontera del verbo) a la hermanita pequeña de la Segunda Guerra Mundial. Numerosas publicaciones lo atestiguan y aprovechan el impacto del obús del recuerdo para abrirse hueco en el terreno de las novedades: 1914, De la paz a la guerra, de Margaret Macmillan, El año de la catástrofe, de Hastings o Los sonámbulos, de Chistopher Clark son algunos de los títulos que harán trinchera este año. Los centenarios siempre son motivo de mercado y dejar pasar desapercibidos los cadáveres de la Primera Guerra Mundial sería un derroche de negligencia por parte de las editoriales.

A las trincheras se va con lo puesto.

Pero el campo de batalla llevaba sembrándose desde hacía tiempo, y desde hace ya años los libros sobre las guerras y sobre los muy diversos genocidas de todo pelaje tienen un nicho (nunca mejor dicho) de mercado equiparable al de las promesas del deporte.

Quizá la guerra sea también un acto deportivo o el deporte un acto de guerra.

Desde los anecdotarios fáciles de Beevor hasta “lo pensante” de Kershaw pasando por Richard Evans, Longerich, Toby Thacker o el buen castellano Preston, el gigantesco conglomerado de los tiros, los muertos, la política y los movimientos de tropas atrapa en su pinza a múltiples lectores, sobre todo desde que las guerras abiertas son cosas que les suceden a otros en otras partes del mundo.

Y es que la guerra relaja: las devastadoras actitudes de la masa cuando se ensarta la una a la otra y los muertos a millones consiguen darnos una medida a escala del individuo, en la que las penas, los delirios ególatras de uno mismo, las pelusas del ombligo (que no del amigo) y las nimias preocupaciones sedan con inmediatez. Si Beevor te dice que los nazis arrojaron a 3.000 judíos en una tarde por un acantilado cercano a algún desierto nevado impronunciable (el último no debió caer sino trepar), inmediatamente uno se dice que los problemas con su mujer no son gran cosa aunque también tengan que ver con despeñaderos.

Sedante asunto.

Quizá las guerras siempre fueron un hecho ansiolítico, devastador Orfidal, y por ello en ellas se resolvían y aliviaban eso que se ha dado en llamar las “grandes tensiones” de la historia. Y es que las guerras siempre dejan vencidos y vencedores y eso alivia, sobre todo a los segundos. Vista la historia como un cuerpo con el sistema nervioso dañado, las guerras adquieren un sesgo medicinal aterrador.

Pero no más aterrador que el mercado editorial.

Así que las editoriales y los artículos conmemorativos nos dirán este año (como tantos otros dicen de otras tantas cosas) que en este centenario se trata de conocer la Primera Guerra Mundial, desentrañar los hilos que la motivaron y descubrir el horror (aquel de Kurtz u otro más grande y de menor fibra abstracta) para que no lo volvamos a repetir. Alegre discurso de EGB. Pero lo cierto es que bajo ese decir aprendido, el gusto del lector esconde un magnetismo por el horror, y “curiosidad” es el adjetivo que generalmente usamos para encubrir una atracción difícil de justificar.

Y es por curiosidad por lo que uno lee ensayos.

Así que no se engañen. Este año no será el de recordar, llorar, conmemorar o reflexionarsobre la Primera Guerra Mundial; este año la celebraremos, la aplaudiremos, nos regodearemos en ella y nos sentiremos pequeños y agradecidos cuando se nos den las cifras de muertos de aquellas últimas 12 horas en las trincheras en las que los altos mandos aliados enviaron a sus soldados a la muerte sabiendo que 12 horas más tarde se firmaría la paz, sólo por el gusto de colgarse unos galones. Saciaremos en los libros esa necesidad que tenemos de batalla y que callamos cuando nos chilla el jefe, cuando nos insultan, cuando nuestra existencia nos parece diminuta y vacía. El gran aporte editorial en este centenario no será entonces hacernos más sabios , más precavidos y más reflexivos, sino conseguir que gastemos en papel lo que de buena gana nos gastaríamos en un Kalashnikov: 200€ en el mercado negro.

Y es que por algo es que Kalashnikov tiene una bandera con su aclamado Ak-47 allá por Mozambique y no hay país en el que ondee la cubierta del Ulises de Joyce: es por nosotros.


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Sobre el autor

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Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

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