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“Diario de Berlín” y “Regreso Berlín” de William Shirer

Diario de Berlín y Regreso a Berlín

Muy pocos asuntos han generado tanta literatura en la historia de la humanidad como el nazismo y la II Guerra Mundial. A ojo, un índice bibliográfico de las decenas, cientos, de miles de títulos publicados hasta hoy requeriría al menos de las mismas páginas que una guía telefónica de una gran ciudad. Todos juntos y en fila india, esos libros a duras penas cabrían en los anaqueles de cualquiera de las bibliotecas públicas de esa misma gran ciudad. El nazismo y el Tercer Reich, su origen y sus consecuencias, su naturaleza y hasta sus justificaciones, han sido desentrañados, analizados e interpretados desde tantos puntos de vista diferentes, y de manera tan minuciosa como sintética, por tantos historiadores políticos, sociales y militares, por tantos economistas, antropólogos, filósofos y diplomáticos, que no siempre es fácil, antes al contrario, dar con razones de peso que nos animen a volver a leer lo que, con seguridad, ya sabemos o creemos que sabemos.

Así pues, ¿cuál es el secreto que esconden las casi mil páginas deDiario de Berlín y Regreso a Berlín, no sólo para que hayan sido publicados en español 70 años después de convertirse en un éxito de ventas en medio mundo, sino para que se editen ahora conjuntamente y en una accesible caja de bolsillo? La respuesta, de algún modo, la ofrece el propio autor, el estadounidense William Shirer (1904-1993), novelista, historiador y, sobre todo, periodista: “Un buen reportero”, explica en Regreso a Berlín, “no necesita entrevistas a menos que sea un aficionado. Necesita saber lo que ocurre entre bastidores y una comprensión de los entresijos que sabrá cómo utilizar con discreción y que sus informantes sabrán que emplea discretamente”.

Sabemos que el periodismo no sólo cuenta hechos, también los interpreta. Sabemos, también, que es el primer borrador de la Historia, así, con mayúscula. Y sabemos que, como tal, es imperfecto. Ahora bien, es en el calado de esas imperfecciones donde se distingue a un buen reportero de uno vulgar. Y Shirer, aunque esté mal que él mismo lo diga, es un buen reportero. Un reportero excelente, más bien, que tuvo la necesaria dosis de suerte para estar en el lugar adecuado en el momento oportuno. Y que supo cómo aprovecharlo; eso además.

Entre 1934 y 1941 Shirer vivió en Berlín, la ciudad en que se posaban la mitad de los ojos del planeta. Primero como corresponsal para algunos medios de Chicago, su ciudad natal, y después como periodista radiofónico para la CBS, tras aceptar una oferta de Edward Murrow. Desde la capital alemana trató de burlar a diario el celo obsesivo de la censura y las deficiencias tecnológicas de la época para explicar a los estadounidenses, como testigo directo, qué se cocinaba intramuros del Tercer Reich. Lo que le permitían los nazis contar y, sobre todo, lo que no, es el material con el que está trenzado Diario de Berlín, un manual inmenso de periodismo todoterreno; una crónica lúcida, visceral, analítica, vibrante y certera de uno de los períodos más fascinantes del siglo XX.

“Somos fuertes y lo seremos todavía más, les gritó Hitler (…) Y allí, apretados como sardinas en una enorme formación bajo el cielo nocturno iluminado, los hombrecillos de Alemania que han hecho posible el nazismo alcanzaron el más alto grado de realización que conoce la raza germánica: el despojo de sus almas y espíritus individuales – junto con sus responsabilidades, dudas y problemas personales – hasta que, bajo las luces místicas y palabras mágicas del austriaco, se fundieron completamente en el rebaño germánico”.

Un Shirer perplejo asiste en directo a los histéricos baños de masas en lo que se sumerge Hitler en Nuremberg, está presente en la entrada de los nazis en Austria, atisba el campo de batalla en Polonia, cuenta en exclusiva la “completa humillación de Francia” en Compiègne, o está en la costa occidental europea cuando los cazas y bombarderos nazis cruzan el canal para machacar Londres. De lo que ve, sólo una pequeña parte llega a los transistores estadounidenses. Hay otra que se queda en las redes de la censura. Afortunadamente, otra aún mayor acaba en su Diario de Berlín, unas páginas que consiguió sacar de estraperlo del Reich y publicarlas a tiempo para que hasta los soldados rusos pudieran leerlas por entregas durante el sitio de Stalingrado, según cuenta él mismo en Regreso a Berlín.

A veces en un tono aséptico, la mayoría en uno subjetivo e irónico, o furibundo, o incrédulo, Shirer analiza como Hitler se pasa “por el forro” primero el Tratado de Versalles y luego el de Liborno y como rápidamente se va apropiando de media Europa ante la pasividad incomprensible de las potencias occidentales, que no pueden o no quieren prever lo que él ve con una claridad meridiana.

Gran observador, hombre culto, periodista con muchas y variadas fuentes, y buen conocedor de la historia e idiosincrasia europeas, Shirer ofrece descripciones, perfiles y conversaciones con diplomáticos, políticos y los principales líderes nazis, como Göring o Goebbels. Pero también trata de explicar el espíritu alemán, reproduce las mentiras de la prensa, reseña los libros más vendidos del Reich, describe el interior de los submarinos nazis o transcribe conversaciones con los ciudadanos de a pie. Todo ello resulta en una crónica apasionante llena de datos y también de anécdotas, algunas de las cuales se han ido perdiendo en el enorme magma de cuánto se ha escrito en torno a esta época.

La segunda parte de la caja, Regreso a Berlín, es un libro más deslavazado que su contraparte. Comienza con un relato un tanto caótico de la conferencia de San Francisco, donde acabó de gestarse Naciones Unidas, pero toma cuerpo cuando Shirer regresa a Alemania para ajustar cuentas con el nazismo y para asistir a los juicios de Nuremberg. Se trata de un tomo más personal, mucho más visceral y que adolece de una perspectiva filtrada por la intervención de Estados Unidos, su país, en el conflicto. Poca reflexión, por ejemplo, merece el lanzamiento de la bomba atómica sobre Japón.

Con todo, el libro es un documento muy interesante. “La historia no puede seguir dando lugar a dudas. Porque los alemanes, con una meticulosidad realmente teutónica, lo anotaron todo y hoy hemos capturado sus archivos secretos (mil cuatrocientas toneladas de ellos, como mínimo)”, cuenta Shirer. De esos documentos reproduce unos cuantos, no pocos, entre los que intercala comentarios personales, muchos de los cuales hacen referencia a lo que escribió como corresponsal durante el conflicto.

Ambos libros forman un todo, aunque se pueden leer aisladamente. En todo caso, suponen una narración apasionante, aunque trágica, de un perspicaz y analítico periodista de raza. Un testigo directo de la megalomanía del régimen nazi que fue capaz de transformar unas anotaciones diarias en mil páginas capaces de despuntar, gracias en parte a la vitalidad y frescura que aporta el género periodístico, en el inmenso océano que conforman las decenas, cientos, de miles de libros escritos hasta hoy sobre el nazismo y el Tercer Reich.


Estuche: Diario de Berlín/Regreso a Berlín

 Estuche: Diario de Berlín/Regreso a Berlín
Autor: William Shirer
Editorial: Debolsillo
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Redacción de Ámbito Cultural

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