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El Diario de Hélène Berr

Ámbito Cultural

Cuando tenía 12 años, y por consejo de una profesora del colegio, leí “El diario de Ana Frank”. Como es lógico, abordé la lectura desde la irresponsabilidad, entendiendo las tristes peripecias de la familia Frank desde la utopía de la aventura. Cuando era pequeña me encantaba esconderme, así que ¿no era fascinante la idea de ocultarse durante semanas junto a familia y amigos? No pretendo disculparme, pero hay en el relato de Anna Frank la inocencia propia de una adolescente que ignora – por fortuna – buena parte del horror que se cierne sobre ella y sobre los suyos. Anna y yo teníamos la misma edad, la edad en la que todavía se pueden cerrar los ojos ante el espanto y la tragedia. La edad de empezar a vivir. De soñar con la emoción y la aventura incluso desde un ático asfixiante cercado por la amenaza y el destino incierto.

La vida y las lecturas nos hicieron aterrizar en la otra orilla, y ya no podemos leer a Anna Frank desde la inconsciencia de los doce años. Ahora, el librito escrito por aquella niña de Ámsterdam se me antoja especialmente triste, precisamente por todo lo que su autora ni siquiera intuía, y por todo lo que yo ignoraba en las puertas de la adolescencia. Recordando a Anna Frank inicié la lectura del diario de Hélène Berr que ahora publica Anagrama, para encontrarme con el testimonio fascinante de una inteligente muchacha judía de veintiún años que vive en el París ocupado por los nazis.

En contraste con el libro de Anna Frank, el diario de Hélène es un documento de una lucidez prodigiosa: la de una culta e intuitiva estudiante de la Sorbona que sabe perfectamente lo que se le viene encima, y reflexiona con dolorosa serenidad sobre el tiempo por venir mientras intenta defenderse del horror y la desesperanza con las únicas armas a su alcance: la literatura, la música y la belleza de su ciudad natal, bochornosamente rendida a las tropas de Hitler. Espoleada por el primer amor – un joven con el que se ha prometido y que lucha desde Inglaterra junto a la Francia libre – , Hélène intenta mantenerse a flote intentando encontrar la paz en los libros, en los puentes del Sena o en la música de Bach, Beethoven y Schubert. Mientras su mundo ideal se desvanece, ella espera la llegada de la deportación con una tranquilidad sobrecogedora: la de quien, sabiendo cuál es su destino, está dispuesta a luchar por el presente.

Escribe Hélène: “Hoy he pensado en el metro: ¿mucha gente se dará cuenta de lo que habrá sido tener veinte años en este horrible tormento, la edad en la que estás preparada para recibir la belleza de la vida, en que estás dispuesta a confiar en los humanos? ¿se dará cuenta del mérito (lo digo sin vergüenza, pues soy perfectamente consciente de lo que soy) del mérito que habrá tenido conservar un juicio imparcial y una dulzura de corazón a través de esta pesadilla?”

La inteligencia del análisis de Berr y su prosa depurada hacen presagiar en ella a la gran escritora que hubiese sido de no haberse cruzado en su camino el totalitarismo nazi. En 1944 – dos años después de comenzar su diario – Hélène y su familia fueron deportados. Tras su paso por Auschwitz, Berr murió en el campo de concentración de Bergen Belsen, el mismo que vio morir a la pequeña Anna Frank. Si leyeron el diario de ésta, no se pierdan de ningún modo el de Hélène Berr.


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Marta Rivera de la Cruz

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