Críticas

“Dos historias nada decentes”, de Alan Bennett

allan bennet
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Escrito por Pablo Chul

Dos historias picaronas y rijosas componen el libro Dos historias nada decentes, con en el que Alan Bennett, a los setenta y ocho años, se suelta el pelo. El fondo está claro: las dos historias tratan, como muchos grandes novelones, de la soledad, del tiempo que pasa, de la invisibilidad de la edad madura, del miedo a no ser nadie cuando se cumplen cincuenta y muchos. Pero la forma nos descoloca: por momentos creemos que tratan de sexo, pero debe de ser un sexo del siglo pasado, o de incluso antes. Bennett dice “nalgas”, dice “axilas”, dice “deberes conyugales” y dice “poseer” cuando se refiere a, creemos, follar.

Pero estamos exagerando, retorciendo el texto de Bennett con muy poca vergüenza para que una idea quede clara: que no sabemos si el mundo de estas dos historias es el nuestro, o ni siquiera el de Bennett.

La señora Donaldson rejuvenece es la primera de las historias, redonda, muy divertida, trazada por una mano que lleva escribiendo muy bien casi cinco décadas. Trata de una viuda que, de pronto, ante el camino que se bifurca hacia la nada o la insignificancia, decide plantarse on the spot y marcarse un baile. Aquí estoy yo, y quien no lo entienda, pues que no mire. Decir que trata de una viuda que se encuentra a sí misma es emparentar esta historia con cierta literatura de la pereza, de miradas por la ventana y jardines con narcisos en flor, comoToda pasión apagada, de Vita Sackville-West. Aquí hay, por suerte, algo más: la señora Donaldson encuentra trabajo en un hospital como simuladora de enfermedades para estudiantes de medicina, y Bennett exprime, amortiza, usa todos los ecos que esa situación hace resonar, como el yo y el otro yo que vive dentro de nosotros, la ficción como camino para el descubrimiento, la enajenación ante el propio cuerpo, la libertad que sólo se encuentra en el juego, la ventriloquia, etc. Como estudio de personaje, esta historia es impecable. Su relevancia como visión del mundo es tal vez otro cantar.

La segunda historia se llama La ignorancia de la señora Forbes. Comparada con la primera, palidece, frustra sus propias expectativas, promete y no da. La trama gira en torno a una madre estirada con un hijo gay que se casa con una fea. La fea es lista, el gay es vanidoso, el padre del gay descubre internet, la madre se queda fuera por estirada, un amante del gay intenta chantajearle… Y cada una de estas situaciones parece apuntar hacia un sentido distinto que Bennett recoge con cierto titubeo al final, en una intervención que, queriendo cerrar la historia con la idea de que todos tenemos secretos debajo de la alfombra, suena a disculpa.

¿Pasa algo en el fondo de estas historias? ¿Nos transforma de algún modo su lectura? ¿Qué relación hay entre la realidad y el mundo equivalente que nos presenta? ¿Podemos sacar de aquí algo más que una tarde de buena, buenísima diversión?

Que cada lector concluya. Nosotros hemos cerrado el libro con cierta sensación de una visión ya gastada. Pues sí, desde luego, el sexo a partir de los cincuenta es un temazo que la literatura no ha tratado hasta ahora ni bien ni mal, ni por comisión ni por omisión; pero Bennett lo toca con pinzas y guantes, como tapándose la boca para que no se oiga mucho la risita del que se sonroja de los pecadillos ajenos. Y sus buenas formas del siglo diecinueve son las que, finalmente, centran la atención en lo agradable del acto de reír sin implicarse, en la risa como ejercicio intelectual y no como necesidad que, feroz, emerge del tema. Si la ironía de Bennett es marca de la casa o defecto de fábrica es de lo que aquí se trata.


Dos historias nada decentes

Dos historias nada decentes
Autor: Alan Bennett
Editorial: Anagrama
Páginas: 157
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