Críticas

“El papel pintado amarillo” de Charlotte Perkins Gilman

El papel pintado amarillo
Almudena Sánchez
Escrito por Almudena Sánchez

“El papel pintado amarillo”, aunque no es un cuento representativo de la obra de Gilman Perkins, sí que es su relato más famoso, pues a partir de ahí ya se comienzan a observar algunos matices de lo que, en el futuro, constituirá la clave de sus escritos: una narradora que se centra en entender la voz íntima y psicológica de la mujer.

 

“Este relato no debería haberse escrito. Solo con leerlo podría volver loco a cualquiera” dijo un médico de Boston tras leer por primera vez El papel pintado amarillo en la revista New Englandhacia el año 1891. Y es que el relato de Charlotte Perkins Gilman, además de volver loco a todo aquel que se atreve a leerlo, genera una sensación de asfixia continuada a lo largo de sus veinticinco páginas que no deja respirar al lector, avanzando intensamente y sin tregua. La situación es la siguiente: una mujer encerrada en un cuarto, empapelado con un papel amarillo, sin poder salir (supuestamente, curándose de una enfermedad nerviosa) y con la obligación -por parte de su marido, que es médico- de abandonar cualquier actividad intelectual, en este concreto la escritura, a la que además se dedica.

La parte más terrible, sin embargo, es la confesión por parte de la autora, que afirmó en su tiempo que el relato era autobiográfico, fruto de una experiencia personal. Entonces, muchos le preguntaron por qué escribió ese cuento tan terrorífico, tan demencial. Y ella tuvo que dar explicaciones: “yo nunca tuve alucinaciones o puse objeciones a mi decoración mural, y envié una copia al médico que estuvo a punto de volverme loca. Nunca acusó recibo”.

Charlotte Perkins Gilman (1860 – 1935) fue una de las autoras feministas y americanas más destacadas de finales del siglo XIX y principios del XX aunque resulta poco conocida en España. Quizá esto se deba a que son muy escasos los relatos que se han traducido de Perkins Gilman al español, entre ellos, además de este magníficoEl papel pintado amarillo que ahora recupera con especial esmero y en una cuidada edición bilingüe Contraseña Editorial y que, hace aproximadamente un año, también incluyó muy acertadamente Menoscuarto Ediciones en su selección de relatos titulada Pioneros. Cuentos norteamericanos del siglo XIX, otras obras suyas traducidas al español son: Si yo fuera hombre, y otras historias(Valencia, Ed. Nadir, 2008), o Despedida antologado en Fin de siècle: relatos de mujeres en lengua inglesa (Madrid, Cátedra. Letras universales, 2009).

El papel pintado amarillo, aunque no es un cuento representativo de la obra de Gilman Perkins, sí que es su relato más famoso. Es a partir de aquí donde se comienzan a observar algunos matices de lo que, en el futuro, constituirá la clave de sus escritos: una narradora que se centra en entender la voz íntima y psicológica de la mujer. Una narradora que deambula entre dos géneros: fantástico y de terror y que, recuerda, en muchas ocasiones, al magisterio de Edgar Allan Poe. Una narradora que juega con pocos elementos: básicamente se centra en contraponer lo misterioso y lo real, lo racional y lo fantástico, el sentido y el sinsentido, estados imaginarios que le obsesionan hasta la extenuación y sobre los que sus personajes -y la misma narradora- dan vueltas alrededor de todo el relato, hasta acabar sumidos en un agotamiento físico y mental en el que el cansancio deriva hacia la locura y la locura hacia un mundo propio, único y delirante: “Me tumbo aquí sobre esta cama inmensa -yo creo que está clavada en el suelo- y sigo ese dibujo hora tras hora. Es tan bueno como hacer gimnasia, te lo aseguro. Empiezo, digamos, por abajo, en aquella esquina inferior, donde todavía está intacto, y por milésima vez decido recorrer ese dibujo carente de sentido hasta llegar a algún tipo de culminación”.

La historia de El papel pintado amarillo está contada en primera persona, siempre dirigida a un “tú” invisible, en forma de diario secreto, a escondidas, con la intercalación frecuente de elipsis entre unos párrafos y otros. La estructura del cuento, por ese motivo, se vuelve inevitablemente discontinua y el caos sensorial de la narradora se hace, por momentos, palpable para el lector. Es como si Perkins Gilman consiguiera trasladarnos junto a ella a aquella habitación endemoniada, amarilla, cuadrada, claustrofóbica y extraña, decorada con un papel amarillo en el que “hay dos ojos bulbosos que te observan del revés”.

Al igual que en El gato negro de Poe, la elección del color en El papel pintado amarillo tiene diversas connotaciones. El amarillo como color estridente, provocador, brillante, angustioso, relacionado con la enfermedad, ocupa un lugar central en el relato. Por un lado, es algo que rápidamente llama la atención del personaje del cuento -las paredes amarillas- y por el otro conecta con la literatura decadente, en la que los espacios cerrados y el significado simbólico de los colores, crean un marco idóneo para el desarrollo de hechos increíbles y fantásticos. Algunas coincidencias tiene, por ello, como bien afirma María Ángeles Naval en el prólogo del libro, con El misterio del cuarto amarillo (1907) de Gaston Leroux, o con La sala amarilla (1892) de Mona Caird, donde la protagonista de la historia, Vanora Haydon, decora de color amarillo la salita a las que las mujeres van cuando los hombres se ponen a fumar en la sobremesa.

La prohibición de escribir (para una narradora que a su vez es escritora) es uno de los puntos fundamentales que hace que la narración avance, que da sentido al relato. Ella se inventa un personaje y tanto marido como mujer acaban viviendo una realidad ficticia. La narradora le oculta constantemente a su marido, sentimientos, acciones, estados de ánimo y descubrimientos: “John no sabe lo que sufro; solo sabe que no hay motivo para que sufra, y con eso se da por satisfecho”. Y lo que verdaderamente siente, es lo que escribe: “No sé por qué escribo esto. No quiero. No me siento capaz. Y sé que John consideraría que es absurdo. Pero de algún modo tendré que decir lo que siento y lo que opino; ¡supone un alivio tan grande!.”

Esos momentos mágicos de aparición repentina de la autora vertebran todo el relato y lo dotan de una mayor complejidad, añadiendo un doble trasfondo al cuento. Ocurre cuando Charlotte Perkins Gilman se confiesa, cuando hace acto de presencia en su propia obra y nos muestra así la escritura como salvación, como escudo ante este asfixiante cuarto cerrado y amarillo que nos envuelve.


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Sobre el autor

Almudena Sánchez

Almudena Sánchez

(Palma de Mallorca, 1985) es licenciada en periodismo. Colabora habitualmente en medios culturales realizando reseñas y entrevistas. En 2013, fue seleccionada en Bajo treinta. Antología de nueva narrativa española. (Salto de Página). La acústica de los iglús (Caballo de Troya, 2016) es su primer libro.

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