Críticas

“El reto”, de Juan Abreu

El reto

“Nuestro amor es ese tipo de amor que no descansa, que sabe que sin retos no hay armonía”. Quizás sea esta la frase que mejor defina la última novela de Juan Abreu, aunque no sea la única ni se resigne a la simplificación. Este libro de 150 páginas publicado por JotDown Books nos acerca a una historia de relaciones personales descritas a través del sexo, las emociones, las pruebas de la existencia y, por encima de todo, la libertad.

Para el lector de Juan Abreu, lo que se cuenta en El reto no es nada nuevo. Este escritor cubano afincado en Barcelona (La Habana, 1952) lleva décadas dotando lo oculto, lo tachado de indecente o de incorrecto de un inmenso poder de subversión, de alegría, de vida sin restricciones. Sobre todo desde las distintas vivencias (insubordinadas) de la sexualidad.

Si últimamente es en forma de columnas deslenguadas en la revista Jot Down -donde su máxima siempre es brindar un poco de alegría, “y la jugosidad del vivir, naturalmente”-, en esta ocasión vuelve a la narrativa tras casi una década en barbecho. Y lo hace transformando en una sigilosa intriga los recuerdos y el runrún cotidiano de cuatro personajes. Un suspense que camina en sordina hasta que alcanza el clímax en el último capítulo.

Casi como los actos sexuales que narra Abreu en cada página abrir el libro suponen enfrentarse a una situación previa de incertidumbre, continuar por un sendero de repeticiones y finalizar en un precipicio de sentimientos enfrentados. Todo moteado por un tono trascendental que funde el existencialismo occidental con la mística oriental. Un ejemplo: “Estamos aquí para vivir. Nuestro compromiso es con la vida. Somos seres de vida. Ser, con intensidad máxima, con soberanía máxima, ese es el secreto de la felicidad, el objetivo a alcanzar”.

Abreu no engaña. Desde que pasamos la portada nos encontramos con esta cita de Goethe: “La alegría, el placer, la participación en las cosas es lo único real, que a su vez produce realidad; todo lo demás es vano”. Tampoco se distrae en consideraciones profundas o en subtramas imbricadas con la historia principal. La voz es directa, sin titubeos.

Quien narra es Laura Valero, uno de los cuatro personajes principales. Los demás son Rodrigo (su marido), Carles (padre de Rodrigo) y el Maestro Yuko, un guía espiritual japonés que encauza a la pareja en la meditación y en las cuestiones más o menos fundamentales del ser humano. Estos nombres encabezan cada capítulo y se intercalan con otros titulados por clasificaciones genéricas como ‘Dudas’ o ‘Pollas’. Todo trufado de pensamientos omniscientes trasladados a la primera persona.

Es en esta primera persona que utiliza Abreu en boca de Laura Valero donde nos encontramos el gran misterio. El gran reto. Una experiencia sexual con el padre propuesta, nada menos, que por el marido. Será esta acción la que nos lleve de la mano por los recuerdos y divagaciones de la protagonista y la que se resuelva en el desenlace.

Uno de los pasajes incluye este razonamiento: “La experiencia me ha enseñado que las situaciones consideradas ‘extremas’ son mucho más comunes de lo que imaginamos. La vida real permanece oculta bajo una gruesa capa de simulación, silencio e hipocresía. Pero bajo esa capa los seres humanos buscan con insospechada bravura y perseverancia una manera de vivir más soberana. Lo que significa más limpia, más completa”. O este otro: “Algo que ya sabía: nada es recuperable. Al menos en el sentido que quisiéramos. Todo se pierde para siempre. Por eso es crucial vivir sin miedo”.

Por eso, más allá del recuento de experiencias sexuales de Laura Valero o de los avatares cotidianos a lo que se enfrenta junto a su marido, ‘El reto’ es una ampliación de la literatura que decanta habitualmente el autor en varios envases y que cicatrizaron durante el final de los noventa y el principio de este siglo en obras como ‘A la sombra del mar’ (Casiopea, 1998), ‘Cinco Cervezas’ (Poliedro, 2005), la reeditada en España por Mondadori ‘Garbageland’ (2001) o la anterior, ‘Diosa’, de 2006.

“La primera vez que conocí a Laura Valero lo que más me impresionó fue su boca. Qué boca, me dije. De esas bocas que no puedes mirarlas sin imaginar tu polla dentro. Tengo debilidad, lo confieso, por las mujeres que tienen ese tipo de boca. Me impresionó además su aire resuelto, su potencia física y su contundente manera de estar en el mundo. Y una humedad que le asomaba a los ojos, y sus pechitos de adolescente”. Así cuenta Juan Abreu el nacimiento del personaje principal y de ‘El reto’. Un origen extraído de las propias entrañas y quién sabe si incluso de la realidad menos maquillada.

Es en este terreno donde mejor se mueve este antiguo exiliado en Miami tras abandonar La Habana. En el margen que deja la ficción para que se cuelen escenas de la verdad más terrenal. Esa desde la que nos habla sobre la monogamia, el orgasmo femenino o la libertad del ser humano. “Pocos escriben de sexo con naturalidad, lamentablemente. Ya me gustaría que muchos escritores trataran el tema con libertad y júbilo. Pero no lo hacen. Yo podría limitarme a vivirlo y guardar para consumo personal (y de cuatro amigos) mis opiniones y lo que he visto y sentido en los territorios sexuales. ¿Por qué no lo hago? Porque, ya ustedes lo habrán adivinado, soy un romántico; y los románticos creemos que el mundo es mejorable y que el animalito humano es capaz de progresar y de ser mejor, más libre y más honesto”, dice en una de sus colaboraciones con JotDown.

También nos enseña a ser románticos. A creer en nosotros mismos y a sonsacar del bostezo cotidiano un reducto de rebeldía. Por eso sostiene entre líneas que el amor es el mayor reto y que por encima no hay más que libertad: “Lo correcto es siempre lo que está del lado de la vida. Los símbolos no tienen sexo. Lo símbolos no sufren, no aman, no desean, no respiran, no duermen. Los símbolos no tienen ninguna importancia. La vida y la libertad son lo único importante. La vida y la libertad”.


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Redacción de Ámbito Cultural

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