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Escuchando un trago con Boris Vian

la espuma de los días
Ángela Medina
Escrito por Ángela Medina

Dijo que me reservase el dinero para otra película, que Gondry esta vez había patinado. Pero yo tenía ganas de palomitas y una butaca mullida. Y además, pensé, seguro que es un exagerado. Mucho purista por el mundo. Y mucho más cuando hablamos en francés. Si hay una novela perfecta para las manos de Gondry, esa es La espuma de los días. No, hay cosas que no pueden salir mal.

Demasiado visual.

¿En serio? ¿Es eso un argumento cuando se habla de Gondry y de Vian? De sobra es conocido el valor que el director le da a la carcasa en todas sus películas, anuncios y videos musicales. Y Vian, por su parte, definió cada objeto en su novela hasta la saciedad. Desde el ingenioso pianococtel hasta el color de la ropa de cada uno de sus personajes.

Sí, pero es que es DEMASIADO visual.

Entiendo a lo que se refiere. DEMASIADO significa que no hay espacio para respirar, que la orgía decorativa acaba fagocitando al argumento, empachando a base de imaginación, cachivaches y colores. Pero hace falta que me coma todas las palomitas para que le diga que la trampa no está en que sea DEMASIADO visual, es que es TAN visual como la novela.

Ojos como platos.

La espuma de los días de Vian es tan lúdica como trágica, mientras que la de Gondry es simplemente…naif.

Totalmente de acuerdo.

Y es entonces cuando retrocedemos en el tiempo para hablar de aquella conferencia de Sartre sobre “El existencialismo es un humanismo” en la Sala de los Centrales de París. Aquella anécdota real, un éxito de asistencia en toda regla, que Vian retrató y parodió en sus páginas. Una escena divertida en la ficción, que incluye vómito disecado de manzana cruda y vino tinto, en la que se esconde, bajo capas de entusiasmo, sillas rotas y efervescencias, la clave que hace que la novela sea tan lúdica como trágica mientras que la película sea simplemente… naif.

Uno de los argumentos que defendía Sartre en aquella conferencia era que la vida tenía el sentido que quisiéramos darle. Y es exactamente lo que hace el autor con su “Espuma”. Toma prestados los conceptos del acto, la libertad y la elección definidos por el existencialismo y los aplica a los actos cotidianos, creando así un universo que parece descabellado pero que sin embargo alberga una profunda angustia vital.

Un universo además en el que no solo importan los espacios y los objetos. Importa, y mucho, el lenguaje. Palabras inventadas, piruetas verbales, deconstrucciones, dobles sentidos, mezcla de estilos, deformaciones fonéticas e incluso el empleo de la métrica para dar un ritmo poético a algunas de las escenas.

Boris Vian interpretó el existencialismo al pie de la letra, así como Michel Gondry ha interpretado al pie de la letra a Boris Vian. Pero mientras en el primero el resultado es una novela lúdica que se hace grande gracias a su base trágica, el resultado del segundo es simplemente… naif.

Muy bonito ver en la gran pantalla los artilugios que el autor imaginó en su cabeza, pero sin nada que contar, o al menos sin equilibrar los pesos de importancia entre unos escenarios hipnóticos y una historia que le roba el sentido a la existencia humana.

Finalmente, la “Espuma” de Gondry se ha quedado en algo TAN visual que parece agotar a todos, mientras que la de Vian sigue ofreciendo la promesa de las grandes ficciones: ya sólo en el primer peldaño, deja satisfecho. Después dependerá de cada cual seguir bajando la escalera.


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Sobre el autor

Ángela Medina

Ángela Medina

(Cádiz, 1981) es licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas, máster en Escritura Creativa y máster en Edición Profesional de Libros. Trabaja en varios proyectos relacionados con la creatividad: es copywriter online para diversas agencias y estudios de publicidad, profesora en Hotel Kafka, colaboradora en Ámbito Cultural y editora en 120 Pies. Es autora de las novelas Pañales y cerveza (Demipage, 2011) y En frío (Ediciones La Palma, 2015), y del libro 742 ideas para escribir (Kitsune Books, 2016).

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