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La España portátil de Julio Camba

Julio Camba

Existen muchas Españas: dos, dicen algunos; quizá tres con la del medio. Probablemente 17, tantas como autonomías. Puede que 52, como provincias tenemos en esta santa casa. Para Julio Camba no parecía ser así, sin  embargo. Para Julio Camba sólo había una España, la suya, y era ésta una España portátil, una España que se podía llevar en el bolsillo y que estaba, de ese modo, en cualquier otro país al que uno se fuera de parranda. La España de Julio Camba es así un poco como una cámara de fotos, y como un toro. Como un toro también es la España de Julio Camba.

Camba a mí se me apareció (nunca mejor dicho) hará unos cuatro años porque algún allegado me señaló que “se trataba de un columnista de derechas que fue deportado de Ámerica por anarquista”. Esa contradicción (o no) me hizo acercarme a la figura del corresponsal en busca bien de lo primero (un escritor de la derecha de la época), bien de lo segundo (un anarquista de la época) aunque lo único que encontré fue a un columnista, a uno, grande y libre y olé.

En este país de postal y pandereta todo el mundo parece tener potestad para hablar de España. En los bares, en las iglesias, los frontones y las farmacias uno no hace sino encontrar a personas que tienen la solución de todos los problemas nacionales en la punta de la lengua, pero, realmente, pocos han sido los que han dejado que España hablara por sí misma. Para ser un pintor de las costumbres y de los rasgos de los habitantes de un lugar es necesario primero saber al dedillo quién es uno mismo, con lo bueno lo malo y lo ridículo. Julio Camba tenía ese don: veía a España; se veía a sí y veía a los españoles. Como veía lo uno y lo otro, se fue por el mundo a ver a los demás tal y como sólo puede verlos un español: como si formaran parte de una colorida postal de romería.

Julio Camba viajó de esta traza por París, Londres y Munich, por Berlín y Nueva York trabajando de corresponsal para distintos medios. Escribió sobre los judíos del West Side y los que no eran del West Side; sobre los negros de Brooklyn; sobre los alemanes (los de Baviera y los demás); sobre los suecos (de cuya existencia dudaba); los franceses y los parisinos (que nunca son lo mismo); sobre los británicos y las británicas (a los que a veces no se puede distinguir) y sobre todo aquello que pudiera reportarle dos pesetas y que pudiera escribirse de modo afilado, conciso y nunca exento de ironía. O sea, escribió sobre casi todo y de todo ello habló (o todo ello lo fotografió) con esa cámara española que todo lo mide en referencia a casa y que, por un objetivo, observa al fotógrafo y por otro el paisaje que se va a fotografiar.

Como todo buen paisano, Camba era un gran aficionado a la cocina, de la que habló en la Cocina de Lúculo (“La cocina española está llena de ajo y de preocupaciones religiosas. El ajo mismo yo no estoy del todo seguro de que no sea una preocupación religiosa”) y su volumen de libros editados hoy en día pasa por una veintena de títulos, entre crónicas, columnas, viajes y misceláneas. Para empezar a comerse a este paisano (con ajo o sin ajo) cualquiera de ellos vale. Yo comencé por la Ciudad Automática(sus columnas sobre Nueva York) y cuando quise darme cuenta había saltado de un libro a otro con esa alegría e inconsciencia de las cabras. A día de hoy, mi biblioteca Camba tiene un lugar de honor en el baño de la casa, pues existen pocos textos con tanta fibra, hilaridad y de rápida lectura como los suyos, lo que lo convierte en un remedio infalible contra el estreñimiento (el mental, quiero decir).

Ustedes, sin duda, se preguntarán por qué ando yo tal día como hoy hablando de éste sujeto… Si es que acaso se cumplen X años desde que pasó a mejor vida o se celebra algo en torno a su figura, quizá una cena de postín. No es así. Hoy hablo de Camba porque, si bien todos sus libros son perfectamente comestibles, para conocerlo, no se me ocurre un título más idóneo que Mis páginas mejores, una recopilación cronológica realizada por el propio autor, prologada por Manuel Jabois (columnista que no le va a la zaga) y recientemente publicada por Pepitas de Calabaza, en donde un lector desconocedor encontrará una magnifica selección de los mejores caldos del gallego. Una selección que le llevará junto a Camba y su España portátil de hacer fotos por todos esos países del mundo que el autor pisó en vida y retrató para la posteridad.  Tenga el común humano cuidado, pues Camba no genera lectores sino adeptos.

Por supuesto este señor hizo más que comer, viajar y reírse de lo que le rodeaba. Algunos dirán que prácticamente inventó el columnismo moderno que hoy conocen nuestros articulistas, pero ésta es una frase pomposa que de seguro al gallego bien poco le hubiera importado porque quedaba lejos de su intencionalidad: lo que uno percibe al leer a Camba es que Camba y el mundo son una fiesta y creo que eso es lo que en vida intentó hacernos llegar este escritor y, quizá por eso, durante la Segunda Guerra Mundial se encerró en su habitación del Palace hasta su muerte, silenciosa y recatada como la de todo buen paisano. Entre tanto y como dijo el propio periodista: “el cielo es azul, el sol brillante; las mujeres, hermosas. Ya han salido los caballos. Ya han tocado a banderillas y aguardamos la última suerte”.


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Sobre el autor

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Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

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