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Los felices propietarios

Ámbito Cultural
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Escrito por Rafael Reig

Como se sabe, vivimos en un sistema económico basado en la propiedad privada. Es decir, en la expropiación, puesto que lo que me hace propietario de algo es que no lo sean también los demás. Puedo estar en posesión de un libro de la biblioteca, pero sólo es de mi propiedad cuando los demás no pueden acceder a él sin mi autorización. Si no puedo poner alambradas, el campo no será del todo mío. Que pueda utilizar cuando me apetezca una acera no es suficiente: sólo es de mi propiedad si tengo poder para impedir el paso a los otros.

Sin embargo, ¿cuál es la propiedad privada más radical? El yo, la propia identidad. Sin duda, si no soy propietario de mí mismo, ¿de qué me sirve tener bienes inmuebles?

Como el fundamento de la propiedad es la expropiación (que algo no sea también propiedad de otros, sino sólo mío), el fundamento de la identidad no tenía más remedio que convertirse en originalidad, en distinción, en separación de los demás o incluso en creatividad, imaginación y parecidas mercancías del supermercado espiritual del capitalismo avanzado.

El único yo del que soy propietario es el que no tienen también los demás. La identidad, lo que me hace único, es mi patrimonio, son mis bienes raíces, lo que de verdad poseo.

De ahí esa obsesiva, exasperante persecución de la originalidad, es decir, de la propiedad privada del yo, de lo que de verdad es mío en la medida en que los demás no lo poseen. De lo que soy porque no lo son los otros.

Hay felices propietarios de un mal genio insoportable como hay felices propietarios de una buhardilla de cuarenta metros cuadrados. Lo único que importa es que ese carácter intratable es mío, me pertenece, y a los demás no, como mi buhardilla.

A menudo (por desgracia) es tan hereditario uno como la otra.

Mi propiedad privada es la intimidad, el yo, esa parte de mí mismo que me pertenece por completo y a la que, si me da la gana, puedo poner alambradas para impedir el acceso.

Si en nuestro sistema la propiedad es sagrada, del yo mejor ni hablamos, ¿verdad?

Pero el duradero sueño de abolir la propiedad nos acompaña desde siempre, nos sigue manteniendo en vela: la leyenda de la Edad de Oro, ese tiempo feliz en que no existía, como recordaba don Quijote, lo tuyoy lo mío.

Todas las utopías políticas o religiosas luchan, en el fondo, contra la propiedad. Sí, pero sobre todo contra la propiedad privada del yo, contra el mito de la identidad. Librarse del yo, desprenderse de uno mismo, es el objetivo.

La renuncia al yo es el núcleo del cristianismo o del budismo, porque toda propiedad, puesto que no es más que expropiación, se convierte en un bien mostrenco, algo que es necesario abandonar para poder ir más arriba, como quien suelta lastre.

Déjalo todo y sígueme, como recomendaba Nuestro Señor Jesucristo.

A menudo pienso que la lucha contra la propiedad privada de bienes materiales no es más que un símbolo: el verdadero salto cualitativo será la renuncia a la propiedad privada de uno mismo. A lo que queremos renunciar es al yo, al mito de la identidad personal como propiedad privada.

Cuando Rimbaud hablaba de “changer la vie”, sospecho que se refería a eso: “Je est un autre“. Yo es otro, cualquiera, todos: el yo es una propiedad pública.

Así que todos los comunistas, igual que los creyentes, estamos en la misma situación que los (comunistas) sitiados en el hospital de Gijón, a los que apoyaba desde el mar la artillería franquista del acorazado Almirante Cervera.

Cuando empezó el asalto al hospital, el último mensaje que los sitiados enviaron al buque decía: “El enemigo está dentro: disparad contra nosotros“.


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Rafael Reig

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