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Fellini, Cuarto y Mitad

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Escrito por David Torres

No estoy muy seguro de que mucho de los libros que he leído a lo largo de mi vida sean en realidad los libros que he creído leer. No hablo por hablar. Cuando tenía quince años, robando horas al estudio y al sueño, leí varios clásicos rusos en una colección de tapa dura que mis padres guardaban en casa. Debo confesar que ninguno me impresionó demasiado. Ni siquiera Los hermanos Karamazov.

Mucho tiempo después tropecé con una afirmación de Nabokov, quien decía, en su Curso de literatura rusa, que el comienzo de Ana Karenina era uno de los más memorables de la literatura. No le faltaba razón:

Todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas lo son cada una a su manera.

Asombrado ante mi mal gusto, corrí a casa de mis padres para comprobar cómo era posible que una obertura tan magnífica hubiera pasado desapercibida ante mis ojos adolescentes. Esto es lo que encontré:

Todas las felicidades familiares son semejantes entre sí, no obstante, cada desdicha tiene su forma particular.

¿Qué cojones de novela había leído yo? Ana Karenina, la auténtica, la de Tolstoi, evidentemente no. Los ejemplos podrían multiplicarse y no precisamente con obras menores de la literatura universal. El viejo y el mar, el fabuloso relato de pesca de Hemingway, sigue editándose y reeditándose en nuestro país bajo el exótico disfraz pergeñado por el escritor cubano Lino Novás, una traducción considerada canónica en castellano y que, sin embargo, está plagada de errores gravísimos, como ya advirtió en su día Cabrera Infante.

En el final, sin ir más lejos, Hemingway remata la novela con esta frase sencilla y bellísima que equipara al viejo pescador Santiago con un cazador nostálgico de África. Ahí el personaje se funde con el escritor:

The old man was dreaming about the lions.

Como a Lino Novás se le hace raro que un pobre pescador cubano sueñe con las cacerías de leones de Hemingway en plan cazador blanco, decide rematar la novela así:

El viejo soñaba con los leones marinos.

Y se queda tan ancho.

En la transfusión lingüística por la cual un felino de media tonelada pasa a ser el alófono de una foca juguetona está todo el espíritu traicionado de “El viejo y el mar”. Algo parecido ocurre con la celebérrima obra maestra de Salinger “El guardián entre el centeno”, cuyo título original (The Catcher in the Rye), alude al jugador de béisbol (el catcher) en la zona del campo donde intenta atrapar la bola con el guante. Hay equivalentes en español para el bateador y para el lanzador, pero no para el catcher, con lo cual, por arte de birlibirloque, y trayendo por los pelos un pasaje del capítulo XII en que Holden Caufield explica que su misión es salvar a los niños que podrían caer al precipicio, el catcher de béisbol se transforma milagrosamente en un “guardián”.

Estas operaciones mágicas no son exclusivas de la literatura. Hace poco volví a ver Fellini “Ocho y Medio” en la extraordinaria edición limitada que acaba de salir al mercado. Hay un pasaje en que Mastroianni, tumbado en la cama, le pide a Sandra Milo que se pinte la cara, justo antes de quitarle de las manos la sombra de ojos y dibujarle dos rotundas cejas egipcias. El doblaje dice:

Ponte más insinuante.

En la versión con subtítulos:

Ponte cara de bruja.

Sin embargo, en italiano, Mastroianni dice dulcemente:

Fai la faccia di porca.

Que equivale a ?guarra?. Ponte cara de puta, cariño. ¿Qué películas habremos visto creyendo que veíamos otra película? ¿Cuántos libros leeremos sin saber que leemos no a Hemingway o a Tolstoi sino la versión de un tonto al sol?


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