Columnas

El guardián entre el centeno

J.D. Salinger

Después de veintidós años y muchas dudas, me he decidido a releer “El guardián entre el centeno”, el archifamoso “one hit wonder” de J.D. Salinger. El texto me había fascinado en 1987, y precisamente por eso me resistía a volver a él, por si la vida y la experiencia lectora rompían el hechizo, y la novela magistral se me volvía una historia vulgar mediocremente ejecutada, como pasa a veces con libros que uno ha sacralizado durante el difícil lapso de la adolescencia.

Para mi sorpresa, “El guardián entre el centeno” no sólo no ha mermado sus valores, sino que los ha multiplicado. Tanto es así que creo que me gusta más esta novela que la que leí a los diecisiete años, y que he entendido mucho mejor a Holden Caulfield. En 1987, el protagonista de la novela era sólo un culo de mal asiento, un tipo difícil y cínico, eternamente descontento, rebelde sin causa, insoportable llorón, quejica por nada. Ahora, cerca ya de la cuarentena, el héroe de Salinger se me antoja alguien a quien querría llegar a conocer, un chico amable a su manera, sensitivo y sensible, brillante y preparado a medias para ingresar en un mundo adulto que tiene sus propias reglas. A los 17 no hubiese trabado amistad con Caulfield, al que recordaba sólo como un rarito de narices. Ahora, sin embargo, hubiese querido sentarme con él en una de esas cafeterías neoyorquinas llenas de gente y de grasa, y pedir un bagel con bacon y huevo para cada uno.

Ahora entiendo que, en el fondo, son los adultos – y no los adolescentes a los que supuestamente se dirige el libro – quienes mejor pueden comprender la soledad, la desorientación, la indefinición de Caulfield, sus dudas, sus altibajos, y su desoladora necesidad de encontrar un lugar propio dentro de un mundo hostil: el mismo que nos encontramos todos cuando una catarata de cambios nos obligó a dejar ser niños.

Salinger, que tiene ahora 90 años, vive retirado desde hace más de medio siglo. Él sabrá porqué, pero tiene el mismo derecho a ejercer de anacoreta que el bueno de Caulfield a vagar por un Nueva York helado en busca de algo que ni él mismo sabe lo que es. Ahora, un sueco caradura que responde al nombre de Frederick Colting le ha obligado a salir de su aislamiento anunciando la publicación de una segunda parte de “El guardián entre el centeno”, presentada bajo el inspirado y esclarecedor título de “60 years later: coming through the rye”.

En la novela, que seguro que es malísima – como lo son casi todas las historias rematadas por alguien distinto al que las empezó – aparece Caulfield e incluso el mismísimo Salinger, que ha montado en cólera ante tamaño despropósito y ha acudido a los tribunales para proteger su propiedad intelectual.”El guardián entre el centeno” es una novela de personaje, en la que la trama difícilmente podría seguirse prescindiendo del protagonista. Por eso, Caulfield debe estar protegido intelectualmente con el mismo rigor que los párrafos, las páginas y los capítulos del libro.

La justicia, de momento, ha dado la razón a Salinger. Y no porque el trabajo de Colting se trate de un plagio, que no lo es, sino porque se le puede considerar una apropiación indebida con todas las de la ley. Igual que al pobre Caulfield le roban diez dólares un chulo disfrazado de portero y una putilla experta en esas lides, Colting pretende robar a Salinger un personaje irrepetible que lleva más de medio siglo en voluntario barbecho. Sacarle de él sería pervertirlo, prostituirlo, aniquilarlo. Porque ni yo, ni nadie de los que amamos a Holden Caulfield, queremos verlo convertido en uno de esos adultos a los que él detestaba. A los que detestábamos nosotros desde las dudas de la adolescencia y el derecho a la desconfianza que es seña de identidad de todo aquel que empieza a asomarse al mundo.


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Marta Rivera de la Cruz

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