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Gutenberg ha muerto

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Escrito por David Torres
Hace cosa de un año me enteré que en Baleares querían prohibir un libro de mi amiguete Román Piña, A Barbie se le pudren los visones. Casi me caigo de la silla. Román me llamó, entre descojonado y estupefacto, para contarme la maniobra de Munar (alias Barbie presidenta, alias Vilma Picapiedra) y no pude por menos que felicitarle. “Macho, te van a prohibir un libro. Eso es la mejor propaganda que existe”.

Resulta increíble que a estas alturas de la película haya gente tan torpe como para tomarse un libro en serio. No digo que los libros no sean serios, sino que vivimos en una época en la que el impacto inmediato de la palabra escrita ya pasó. La era Gutenberg ha tocado a su fin. Los escritores, periodistas, columnistas y plumíferos en general vivimos del prestigio de un pasado en adobo, un oficio en extinción que ya casi no interesa a nadie, más que a nosotros mismos. Hace sólo unas décadas, en Francia, país literario por excelencia, la gente se hostiaba en la barbería por una discusión ideológica entre Camus y Sartre. Hoy y aquí todo es fútbol, Eurovisión, Isabel Pantoja en chanclas y gafas de sol, partos principescos.

Muñoz Molina, en un egocéntrico alarde de despiste, comentó que le encantaba pasear por Nueva York porque allí se sentía un ciudadano anónimo y ningún admirador le paraba por la calle. Me juego con él unas cañas a que si pasea a las doce de la mañana en plena Gran Vía madrileña no le para ni Dios. Y si le para alguien será para preguntarle por Mari Carmen o por Rockefeller, porque le habrán confundido con Macario. Un intelectual, un novelista o un filósofo, hoy día, no tiene ni un gramo de la resonancia mediática que consigue Bisbal con uno de sus giros de derviche, o que un rizo de Melendi, ese analfabeto virtual que presume de no haber leído un libro en la vida.

Censurar libros, prohibir libros es casi el último recurso de publicidad extrema en este mundo donde ya hemos visto de todo. Jomeini publicó una condena a muerte contra Salman Rushdie y sólo consiguió que Los versos satánicos dieran la vuelta al mundo. Más modestamente, Hernán Mingoya sacudió el solar patrio con un título gamberro, Todas putas, que todavía pudo escandalizar a alguna feminista con alma de cántaro.

Gutenberg ha muerto pero hay melones que aún no se han enterado. Mejor.


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David Torres

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