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Haciendo amigos

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Escrito por Ángela Armero

Esta semana he hecho dos nuevos amigos gracias a mi blog. Todo empezó porque dije que no me convencía la ambientación histórica de una producción audiovisual. Al poco, recibo un correo electrónico de una persona aludida por mis palabras. Al parecer, la pareja de esta persona está muy molesta conmigo, quizá mucho más que aquella que me escribe. Y al parecer, la pareja de esta persona posee un Doctorado en Historia del Arte, por lo que, indudablemente, su opinión merece aniquilar la mía sin contemplaciones, y su vínculo sentimental con la persona aludida no menoscaba su informada opinión. Mi nueva amistad me invita a visitar su lugar de trabajo para que me dé cuenta de que estoy en un error. Su invitación es educada y creo que destila deportividad. Respondo que me encantaría aceptar su propuesta, siempre y cuando me deje escribir sobre el asunto, y advirtiéndole de que mi opinión puede, después de todo, no cambiar.

No hay respuesta, de momento.

Además le he comentado que, a propósito de la situación, me encantaría escribir en mi blog sobre cómo el hecho de desempeñar un trabajo creativo condena a quienes lo hacen a una implacable exposición pública. Y es que, nos guste o no, siempre habrá opiniones a nuestro alrededor y no todas serán positivas. De hecho, un buen medidor de éxito es acumular un montón de opiniones crueles contra nuestra labor.

Poco después, revisité uno de los mejores capítulos de Frasier, “Odio a Frasier Crane”. En él, el terapeuta se siente gravemente ofendido por una alusión en una columna de un diario local y hace la guerra a su manera, diciendo que la crítica no tiene ninguna base ni ninguna seriedad. “Dijo, y cito, “Odio a Frasier Crane.” Qué aguda crítica. ¡Hazte a un lado, Voltaire! ¡Regresa a las sombras, H.L. Mencken! ¡Hay un chico nuevo en la ciudad! Uno sólo puede preguntarse cuántas horas pasó Derek Mann en la oscuridad frente a su portátil hasta que sus dedos temblorosos se llenaron de vida y crearon su portentosa chef d’oeuvre: Odio a Frasier Crane.”

Esto ha pasado toda la vida, pero ahora con los blogs, es imposible ponerle puertas al campo. Las bitácoras han democratizado el hecho de opinar. La opinión, argumentada o prejuiciosa, cruel o diplomática, razonable o aleatoria, es libre, y cualquier persona, aunque no tenga un doctorado en astrofísica, puede decir lo que le dé la gana. Y encima, como diría Carod Rovira, esa opinión se percibirá igual aquí que en la China. Internet nos ha dado alas a todos, a los sabios y a los mindundis, y precisamente el único poder que tenemos es el de recibir críticas de vez en cuando. Sólo así se reconoce cierta importancia a nuestra (frecuentemente) desinformada opinión.

“. En él, el terapeuta se siente gravemente ofendido por una alusión en una columna de un diario local y hace la guerra a su manera, diciendo que la crítica no tiene ninguna base ni ninguna seriedad. “Dijo, y cito, “Odio a Frasier Crane.” Qué aguda crítica. ¡Hazte a un lado, Voltaire! ¡Regresa a las sombras, H.L. Mencken! ¡Hay un chico nuevo en la ciudad! Uno sólo puede preguntarse cuántas horas pasó Derek Mann en la oscuridad frente a su portátil hasta que sus dedos temblorosos se llenaron de vida y crearon su portentosa chef d’oeuvre: Odio a Frasier Crane.”

Esto ha pasado toda la vida, pero ahora con los blogs, es imposible ponerle puertas al campo. Las bitácoras han democratizado el hecho de opinar. La opinión, argumentada o prejuiciosa, cruel o diplomática, razonable o aleatoria, es libre, y cualquier persona, aunque no tenga un doctorado en astrofísica, puede decir lo que le dé la gana. Y encima, como diría Carod Rovira, esa opinión se percibirá igual aquí que en la China. Internet nos ha dado alas a todos, a los sabios y a los mindundis, y precisamente el único poder que tenemos es el de recibir críticas de vez en cuando. Sólo así se reconoce cierta importancia a nuestra (frecuentemente) desinformada opinión.


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