Columnas

Si hay música allá arriba

Haendel murió ciego, cuentan las malas lenguas que por culpa del mismo médico que dejó a oscuras a Johann Sebastian Bach.
Avatar
Escrito por David Torres

Haendel murió ciego, cuentan las malas lenguas que por culpa del mismo médico que dejó a oscuras a Johann Sebastian Bach. Los dos músicos más grandes de su tiempo no llegaron a conocerse (el primero no supo jamás del segundo y el segundo lo intentó por todos los medios) y además vivieron en tinieblas sus últimos años, pero esa oscuridad fue más impenetrable aun para Bach, que apenas pasó de ser un organista de reconocido prestigio en su época, mientras que Haendel tuvo el buen tino de emigrar a Londres donde muy pronto se consagró como músico nacional.
Estos días, para celebrar el 250 aniversario de la muerte de George Friedrich Haendel, las tiendas de música se han llenado de grabaciones de sus conciertos, cantatas, óperas y oratorios, en recuerdo de aquel genio corpulento e irascible que aterrorizaba a las sopranos y a los castratti mientras pisoteaba su peluca. Pero a mí me gusta recordar a Haendel en el retrato que le hizo Stefan Zweig, tal vez el más soberbio que la literatura haya dedicado a músico alguno. Está entre las páginas de Momentos estelares de la Humanidad, un volumen donde el escritor austríaco habla con magnífico desparpajo de esos giros del destino (la conquista de Bizancio, la batalla de Waterloo) que marcaron la historia del mundo. En sus manos, el momento en que se apagó la estrella de Napoleón tiene el mismo rango que aquel instante en que decidieron indultar a Dostoievski o que a Haendel le bajó un ángel del cielo para susurrarle el comienzo inefable de El Mesías.
Dice Zweig que Haendel sufrió una doble resurrección. El ataque de apoplejía que le dejó la mitad del cuerpo paralizado y la increíble fuerza de voluntad con la que desafió todos los consejos médicos para recobrar de nuevo el uso de sus facultades se corresponde, varios años después, con una súbita sequía creadora que lo desesperó y lo atormentó como nada en la vida, y de donde sólo le sacó el manuscrito de Jennings con el libreto de El Mesías. La sabiduría del biógrafo y el arsenal de trucos del novelista le permiten a Zweig internarse por los vericuetos de la creación artística, haciéndonos asistir de primera mano al parto de lo que iba a ser el oratorio más glorioso de la música.
Lo mejor del retrato de Zweig es cómo da cuenta de todos esos detalles que forman el día a día de un compositor del siglo XVIII: las pompas de jabón con que su criado se divertía desde la ventana de su residencia londinense, la estruendosa risa por escalas de Haendel, las pintas de cerveza que se metía entre pecho y espalda o el jamón cocido con el que se curó del intenso ejercicio de ascetismo que supuso la composición contrarreloj de El Mesías. Al final, una de esas frases marca de la casa donde Zweig anuda la eternidad con la biografía gracias al lazo de la literatura: “Y al día siguiente, cuando aún no habían despertado las campanas de Pascua, sucumbió lo que de mortal había en George Friedrich Haendel”.
Murió un viernes santo, aunque en rigor ese día le tenía que haber tocado a Bach, que por algo compusola Pasión según San Mateo. De ser cierta la teoría de la armonía preestablecida, Haendel debería haber fallecido en Navidad, para hacer juego con el regocijo celestial de El Mesías, pero no importa porque ya había resucitado dos veces. La primera, cuando venció a la parálisis en los baños de Aquisgrán; la segunda, cuando el silencio se rompió en corcheas una madrugada en su estudio de Londres.
Nadie le debe más a Bach que Dios, escribió Cioran. Sin embargo, como dijo mi profesor de música en los Salesianos, Cifuentes (bendito sea, esté donde esté): “Si hay música allá arriba, será la de Haendel”.


Valora la calidad de este artículo

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (Ninguna valoración todavía)
Loading...

Sobre el autor

Avatar

David Torres

Escribe tu comentario

Send this to a friend