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Un huevo de pingüino

Ámbito Cultural
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Escrito por David Torres

Pocas veces, en la historia de la literatura, el estilo se alza sobre todo y contra todo: las peripecias de la historia, las vicisitudes de los personajes, las circunstancias personales del autor. En la literatura de viajes, este principio general pasa de excepción a auténtica rareza, pues raro es el viajero que logra alzar su prosa más allá de lo que abarcan sus ojos. El peor viaje del mundo, de Apsley Cherry-Garrard no es sólo una de estas raras excepciones, es, para muchos, la obra maestra del género. Y lo es por dos razones, la primera, que la aventura que narra es absolutamente extrema: la última expedición del capitán Scott al Polo Sur, en la que participó el propio autor, y en la que finalmente, Scott y tres hombres más encontraron la muerte. El trágico destino de Scott es una auténtica epopeya moderna, una tragedia que ha inspirado páginas tan impresionantes como el bellísimo relato de Stefan Zweig o la Sinfonía Antártica de Vaughan-Williams. En la posterior expedición de búsqueda, Cherry-Garrard encontró, junto a los cadáveres congelados de sus compañeros, las cartas y diarios del capitán escritos de su puño y letra, un documento de valor incalculable donde es posible vislumbrar, a través del temblor de la caligrafía y las vacilaciones de la sintaxis, el avance del hielo.

Es a partir de esas páginas escalofriantes, escritas con los dedos agarrotados, y de sus propios recuerdos personales, que Cherry-Garrard articula un relato memorable con una fuerza descriptiva y una maestría narrativa tales que, durante capítulos enteros, el lector olvida que está leyendo historia. Pero ésta es sólo una de las razones que apuntábamos al principio. La otra, la fundamental, es el estilo, la mirada lúcida y compasiva y apasionada de Cherry-Garrard, su sentido del humor, que le lleva a defender la exploración polar como “la forma más radical y más solitaria de pasarlo mal que se ha concebido”. “En el Polo Sur -añade más adelante- se está más solo que en Londres”. En definitiva, se pregunta al final, ¿qué sacamos de todo esto? Nada, contesta secamente Cherry-Garrard, nada más que el deseo de saber, algo completamente inútil para “una nación de tenderos”. Y concluye: “Si hace usted su correspondiente viaje de invierno, obtendrá su recompensa, siempre y cuando lo único que desee sea un huevo de pingüino”.


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