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El ingenuo Vicente Verdú

Ámbito Cultural
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Escrito por Rafael Reig

Parece que los plumíferos discuten sobre las novelas de la guerra civil. Han intervenido ya Javier Cercas, Vicente Verdú y Alejandro Gándara. Escribir novelas sobre la guerra civil, ¿es bueno, malo o mediopensionista? ¿O es como el bikini: depende de la intención con la que una se lo ponga? ¿Las pueden escribir los que no la vivieron? Este es el tono y alcance de la discusión.

He leído, entre otras, la argumentación de Vicente Verdú, que se pregunta:

¿Qué puede saber alguien de cuarenta años sobre la Guerra Civil, más allá de una versión de una versión de otra versión, oral o escrita? […] ¿Qué oferta, más allá del entretenimiento, puede brindar una novela redactada ahora sobre los faraones? Acaso el ejercicio malabar de llegar a hacer emocionalmente verosímil lo que ni el mismo autor conoce con certeza. […] ¿Cómo distinguir este ejercicio entretenido de un entretenimiento más, desde el sudoku al circo? ¿Cómo mejorar, además, con la letra lo que hace una película o un telefilme enriquecidos con los medios de la tecnología audiovisual?

Al parecer piensa Verdú que la gente lee novelas para obtener información acerca de la época en la que están ambientadas. Formidable.

Y aún añade, y cito con cierta extensión:

A igual nivel de calidad, una historia vivida, sin embargo, una comunicación de la experiencia propia o una confesión personal de lo vivido, sus enredos, logros y contradicciones, sólo puede ofrecerlo su autor / protagonista y en ello reside el emergente valor de la “no ficción”. […] De otro modo, aquello que se ofrece al espectador o al lector son artificios, mentiras ensartadas arteramente para enganchar al comprador. ¿Son literatura? ¿Son cine? Efectivamente, lo son, pero su interés decrece a medida que el espectador o el lector se ha hecho adulto, se ha curtido en mil pantallas y viajes, se ha instruido y aprecia los testimonios de verdad.

De acuerdo, los novelistas se inventan sus historias, tal y como sospechábamos. Una novela es un artificio, acaba de descubrir Verdú. Como los informativos de la tele, Verdú parece creer más en el “testimonio personal”. Sin embargo, el que menos ve en una batalla es el que participa en ella. Si hubiera leído Guerra y paz quizá lo sabría.

El peliculero de hace medio siglo tanto como el novelero del siglo anterior venían a cuento cuando la sociedad no permitía experimentar otras realidades y la información faltaba. Ahora, sin embargo, con incontables historiadores y multitud de creativos sobra, por un lado y otro, el pueril recurso a la “imaginación”.

Testimonios de verdad o de intimidad absoluta dan su mejor contenido a la obra y dan sentido, simultáneamente, al ejercicio de una creación verdadera, escrita o no.

Verdú imagino que es irónico, porque en caso contrario me cuesta creer en un razonamiento tan pueril.

Entre muchas, quiero comentar dos ingenuidades llamativas en este, digamos, razonamiento.

Verdú parece creer que es indispensable que las novelas sobre la guerra civil traten sobre la guerra civil. Formidable. Yo, que viví como “experiencia real” propia el año 1984 sé de sobra que la novela1984, de George Orwell, no trataba del año 1984. Menudo timo, ¿verdad? Lo que pasa es que yo había leído la novela de Orwell sin suponer que a la fuerza tuviera que tratar del año 1984 tal cual. En general, ¿qué experiencia real tiene cualquier escritor de novelas de anticipación o ciencia-ficción? ¿De verdad cree Verdú que toda la novela histórica romántica trata en realidad de la Edad Media? ¿Que se escribían y leían en el siglo XIX para obtener y difundir esa información sobre el siglo XIII a la que no se podía llegar entonces por otros medios? ¡Dios mío, qué candidez! De igual modo, las novelas sobre la guerra civil no siempre tratan sólo de la guerra civil, ni es la misma la guerra civil que cuentan Arturo Barea, Juan Benet o Javier Cercas. Si las novelas de ciencia-ficción tratan también del presente en el que se escriben, ¿por qué no va a pasar lo mismo con las novelas históricas? Cuando se mira el pasado (o el futuro), no es desdeñable el lugar desde dónde lo vemos. También el propósito: no es lo mismo el futuro que imagina Julio Verne que el que imagina Philip Dick.

En fin, ¿a qué seguir? Pasemos a la segunda ingenuidad de bulto (entre otras muchas). La “experiencia real” que tanto valora Verdú, ¿está siempre en la trama de la novela, en los hechos que cuenta? ¡Dios mío! La “experiencia real” que hay en el fondo de La metamorfosis de Kafka, según Verdú, no es otra que la de un humano que se transforma en insecto. Y, como diría Verdú: ¿qué puede saber un humano de lo que es transformarse en insecto? ¿Ni siquiera sospecha Verdú la existencia de novelas en las que los hechos, la trama, el argumento, sean solamente el vehículo para transmitir una experiencia real distinta?

¿Qué es, además, eso de la “experiencia real”? La experiencia real de Cela ¿garantiza que su visión de la guerra civil es la única posible, la más abarcadora y completa, la que da su verdadero sentido a los hechos? ¿Ah sí? Pues apaga y vámonos.

Viene a cuento, por una vez (y sin que sirva de precedente) citar a T.S. Eliot:

We had the experience but missed the meaning,

And approach to the meaning restores the experience

In a different form.

Que viene a ser algo como:

Vivimos la experiencia, pero no entendimos su significado

Y cuando nos acercamos al significado restauramos la experiencia

En una forma diferente.

Es así de fácil y se puede pensar también de forma tal que “we” (nosotros) no seamos los mismos en el primer verso y en el segundo.

Toda novela contiene una experiencia real, pero no necesariamente en su argumento. Puede haber novelas sobre la guerra civil que hablen de la experiencia real de la Transición, como puede haber novelas de amor que hablen de la experiencia real de la guerra civil. El contenido real, la “información” que el lector rescata de La metamorfosis, no se refiere por fuerza a la entomología.

Todas estas simplezas y caer en esta ingenuidad ruborizaría a cualquier estudiante del Hotel Kafka. Para mí, ahí está el problema: en la poca o ninguna familiaridad que Verdú parece tener con la teoría de la literatura. Problema mínimo, pues no quita un ápice a su inteligencia crítica, a su agudeza y a su capacidad literaria, siempre que la aplica a otros dominios. Pero hay que reconocer que, si de lo que quiere hablar es de novelas, supone un inconveniente no haberse parado a pensar antes en qué es una novela.

En una novela siempre hay una experiencia real, y siempre hay una historia. Y pueden no coincidir. Para complicarlo un poco más (lo lamento, pero es que es así), la historia dice algo, que también puede ser diferente de lo que cuenta y de la experiencia real.

Por esos seguimos leyendo novelas: porque son mecanismos más complejos que esa noción de novela que parece tener Verdú, extraída de lecturas de kiosco o de las reflexiones literarias de un notario en su tarde más obtusa.


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Rafael Reig

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