Columnas

Sin instinto y sin experiencia: el Dickens tardío

Ámbito Cultural
Avatar
Escrito por Rafael Reig

La declaración de George Silverman es una breve novela perturbadora, hipnótica, que no pude dejar de leer hasta que llegué, exhausto y casi incómodo, a la última escena, con el protagonista mirando desde la ventana el cementerio, “última morada para corazones sanos, corazones heridos y corazones rotos”. El de George se cuenta entre los últimos, sin duda, pero aunque estuviera sano o sólo herido, su destino sería el mismo: quizá era eso lo que me provocaba incomodidad y un cierto vértigo.

La vida de George es el trayecto entre dos espacios reducidos oscuros y sin salida: desde el granero en el que le encierran sus padres para irse a trabajar hasta la tumba.

George, como tantos niños de Dickens, es huérfano, pero a diferencia de Oliver Twist y compañía, no tiene una imagen ideal de sus padres: los conoció el tiempo suficiente para sufrirlos. Fue criado como un salvaje y, a la muerte de sus padres, es recogido por el hermano Hawkyard, que se hace cargo de su educación (interesado en realidad en su herencia). Hermano es el tal Hawkyard puesto que forma parte de una congregación con altos valores morales (y culturales y musicales y quizá hasta deportivos). Recibe por tanto George una educación formal (que le permitirá luego ser profesor) y una educación moral (que le convertirá luego en infeliz para siempre). Este tránsito entre la naturaleza y la civilización es el nudo central de la obra.

Cuando sus padres mueren, George se queda sólo encerrado con llave en el granero (su primera experiencia de la tumba que le aguarda al otro lado de la ventana). Entonces es inocente y brutal como una bestia, se encuentra estado de naturaleza.

El resto de la novela despliega la educación de George y sus consecuencias. Su lectura provoca el mismo trastorno que nos hacen sentir las historias de los niños salvajes, esos niños encontrados viviendo entre animales y a los que algún benévolo preceptor intenta civilizar. Recomiendo, por ejemplo, la crónica que Jean Itard (el preceptor benévolo) escribió sobre “su” niño salvaje, con el título Victor de L’Aveyron (publicado en Alianza Editorial con un prólogo impagable de su traductor al español, Rafael Sánchez Ferlosio). Sin duda Dickens conocía estos relatos que curiosamente (con una inclinación más roussoniana y menos melancólica) han fecundado la literatura infantil, desde El libro de la selva a Tarzán de los monos.

La educación de George tiene como axioma la supresión del deseo. Ya sea la ambición, ya sea el amor o el sexo, la piedra angular es la renuncia. El complemento es la sublimación, es decir, la sustitución de los deseos reales por otros deseos ideales (que, sin embargo, resultan imposibles de satisfacer o sólo reciben la magra y acerba recompensa de la buena conciencia).

“En los sacrificios de George Silverman querremos reconocernos todos antes o después”: semejante juicio sólo podía venir de un católico como Chesterton (y encima converso, para que nada falte), porque en mi opinión ni George ni el propio Dickens contemplan con tanto entusiasmo el sacrificio.

Cuando es encontrado (en un granero que podría ser la selva, el bosque o la montaña), su salvador le pregunta cómo se encuentra:

Le conté que no tenía frío ni hambre ni sed. Que yo supiera, salvo el dolor de una paliza, aquélla era la esfera completa de los sentimientos humanos“.

La educación de este salvaje tiene como instrumento la culpa: a George le enseñan a sentirse culpable de sus deseos. De su codicia, de su deseo erótico, de su deseo de fama, de todo. Es en ese momento cuando traspasa la línea que separa la naturaleza de la civilización:

“¿Cómo no sentir por mí la misma repugnancia que sentía por las ratas? Me escondí en un rincón de una de las habitaciones más pequeñas, asustado de mí mismo y llorando (era la primera vez que lloraba por una causa que no fuera puramente física)”.

Este llanto ha sido como romper aguas, anuncia su nacimiento a la cultura, su destierro de la naturaleza, su aceptación de la renuncia y el sacrificio.

El resultado de la educación del salvaje, de su rescate de la naturaleza para devolverlo a la civilización, no es otro que la infelicidad (como cabía esperar).

Al final, George acaba con el mismo perplejo y abatido sentimiento al que se refería Rafael Sánchez Ferlosio en una entrevista:

“Hace dos veranos, paseando por unos jarales, al pie de La Maliciosa, creí descubrir de pronto, melancólicamente, que yo era, tal como apunté en una libretita, “un animal sin instinto y un hombre sin experiencia”.

Por lo que yo sé, Dickens coincide con las narraciones de los verdaderos niños salvajes, que jamás llegaron a ser felices, pero ni dejaban de añorar el estado de naturaleza ni se sentían ya capaces de volver a él. Eran, en efecto, animales sin instinto y hombres sin experiencia.

También coincide con la más sombría (y la más actual y provocativa, a mi parecer) de las obras de Sigmund Freud, El malestar en la cultura (Das Unbehagen in der Kultur). Allí Freud expone con precisión clínica cómo la civilización, si bien controla nuestra agresividad y nos proporciona bienestar material y un arte sublime, no nos hace felices, porque nos exige la renuncia perdurable.

Se ha comparado a menudo el relato de Dickens con el análisis de Freud, pero a mí me parece que tiene más que ver con los relatos (muy populares entonces) de los niños salvajes. Sobre todo, porque el libro de Freud se publicó en 1930 y el de Dickens en 1868 (y no hay que mezclar churras con merinas, ni siquiera en estos tiempos de Wikipedia).

George termina su declaración convencido de que ha malgastado su vida. A cambio no recibe la menor recompensa. Al fondo, en el cementerio, queda el consuelo de la retribución final, la satisfacción del deber cumplido, el paraíso, el coro de ángeles y almas puras como Chesterton.

Sin embargo, el Dickens crepuscular de 1868 no se esfuerza en convencernos de que vale la pena. Todo lo contrario.

De ahí mi vértigo y mi incomodidad al leer, el sobresalto que sentí al reconocerme en este relato (tan actual) del siglo XIX.

La conclusión de Dickens y de su personaje con respecto a la consolación final, por cierto, me parece a mí que coincidiría bastante con otro de los grandes libros de Freud, el que dedicó a la religión: El porvenir de una ilusión (Die Zukunft einer Illusion)

Esta inolvidable y brevísima novela de Dickens, para mí, está entre sus grandes obras y no sólo eso: es una de las más inquietantes y modernas que podemos leer hoy en día.

A mí la traducción de Elena García de Paredes, que he cotejado con el original inglés, me ha parecido excelente. Y aunque esta edición de Periférica es impecable, quizá algún lector eche de menos, como yo, alguna información adicional.

La escribió en 1868, y es una de sus últimas obras. Nosotros sabemos que la escribió dos años antes de morir, pero creo que él también lo sospechaba.

En el 58, tras veinte años de matrimonio (y diez hijos) se había divorciado de Catherine Hogarth, con gran escándalo público.Luego tuvo un lío con una actriz (bastante joven,sí) llamada Ellen Ternan, y se esforzó todo lo posible por mantenerlo en secreto. A partir de 1864, a los 52 años, comenzó a sufrir de gota y su salud se hacía añicos a ojos vista. En junio de 1865 sobrevivió al descarrilamiento de un tren (hubo diez muertos), pero nunca se recuperó de la impresión sufrida. Cuando escribió este relato, ya no veía el lado izquierdo de los letreros (un aviso de parálisis inminente, según dicen y él sabía). Pese a todo, no disminuyó su atroz ritmo de trabajo (se ha llegado a hablar de una forma insólita de suicidio, por exceso de vitalidad): en sus lecturas y conferenciaspúblicas le daban ataques, síncopes, desmayos. Un día, cuando estaba cenando, se levantó de pronto y anunció que tenía que irse a Londres, nadie supo jamás por qué. A continuación se cayó hacia delante y perdió la conciencia. No la recuperó nunca, al día siguiente murió.

Sí llegó a Londres, pero ya cadáver, y fue enterrado en la abadía de Westminster, rodeado de “corazones sanos, corazones heridos y corazones rotos”.


Valora la calidad de este artículo

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (Ninguna valoración todavía)
Loading...

Sobre el autor

Avatar

Rafael Reig

Escribe tu comentario

Send this to a friend