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Internet es la nueva televisión

Ámbito Cultural
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Escrito por Ángela Armero

Si ahora mismo hay una palabra mágica que funciona a modo de contraseña en cualquier situación, esa palabra es “Internet”, o mejor aún “Interné.” ¿Que alguien se descuelga con una información imposible? “Perdona, lo he leído en Internet”. ¿Que una persona se pasa la tarde vagueando? “Perdona, estaba navegando por Internet.” ¿Que has estado pelando la pava con una amiga hablando de cosas que las dos ya sabíais durante horas? “Perdona, estaba chateando en Internet.” ¿Que una mañana te levantas y descubres que Internet está acabando con tu tiempo? “Pero muchacha, ¿tú no sabes que Interné es una ventana al conocimiento y etc, etc?”

Una ventana al conocimiento, vale, pero no la única. La red es una herramienta indispensable en mi trabajo como en otros tantos, pero como cualquier herramienta hay que saber usarla.

Confieso que el mal uso de Internet succiona mi tiempo y mis energías como un agujero negro. Todavía, si fuera como una aspiradora y llevara una bolsa, podría recuperar las horas perdidas, pero no sé adónde fueron a parar. Escribiendo en mi portátil, la presencia de Internet me recuerda a Audrey, la voraz planta de “La tienda de los horrores”, que gritaba “Feed Me… Feed Me…” Y sí, la adicción a Internet ha de ser alimentada, y lo más triste es que le vale cualquier cosa, desde titulares de prensa, correos electrónicos, blogs o redes sociales, y ni siquiera han de ser interesantes.

La mayor cristalización de la estupidez propia me la devuelve Facebook cuando alguien responde a la pregunta “¿En qué estás pensando?” (pregunta que antes solo hacían las novias pesadas deseando una única respuesta: “en ti, cariño”) diciendo “Parece que va a llover”, y yo estoy ahí para leerlo. Es la trasposición perfecta de la conversación de ascensor con el vecino pero por alguna razón resulta más divertido. Debe de ser porque la palabra “Internet” flota a su alrededor.

Con todo lo que me gusta la World Wide Web, creo que es hora de que le perdamos el respeto y le quitemos algo de prestigio. Porque ahora funciona, al menos para mí, como la televisión: le doy mi tiempo y a cambio me da muy poco o nada. Es cierto que si la utilizara de mejor forma no sería una experiencia tan estupidizante y banal, pero sospecho que, por mucho que me contamine con lo mejor que la red tiene que ofrecerme, nunca ganará a la lectura de un buen libro, una puesta de sol en un país extraño o una clase de baile.

Está en nuestras manos hacer un uso moderado, razonable y con criterio de Internet. Y sobre todo, es responsabilidad nuestra eludir a esa novia pesada y posesiva y no alimentarla con nuestros pensamientos… aunque efectivamente estemos obsesionados con ella.


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Ángela Armero

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