Columnas

Isabel Allende. El Boom se hizo mujer

Isabel Allende

Hace treinta, cuarenta años, del Cono Sur salió un ejército de creadores para conquistar la Vieja Europa. Siguiendo un trayecto inverso al de las carabelas de Colón, llegaron al continente y triunfaron en lo suyo. Cortazar reinaba en París, y García Márquez en Barcelona. Junto a ellos, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jorge Edwards, Álvaro Mutis, Octavio Paz y otros tantos formaron una particular pléyade de escritores que renovaron los temas y el lenguaje, dando lugar a la llamada “literatura del Boom”.

No había mujeres entre ellos. En aquella España en blanco y negro, machista y cerrada, escritoras como Carmen Laforet, Ana María Matute o Elena Quiroga tenían asegurado un sitio en las librerías, pero los nombres ultramarinos de Elena Garro, Dulce María Loynaz o Elena Poniatowska no lograban calar entre el público mayoritario, que sí se había rendido a sus colegas varones. Desde más allá del charco sólo llegaban fabuladores con pantalones y barba de dos días.

Fue Isabel Allende quien, veinte años después, puso las cosas en su sitio al publicar “La casa de los espíritus”. Cuando la señorita Allende empezó su carrera, allá por 1982, era hermosa y joven, y tenía un apellido cargado de historia. Su parentesco con el malhadado presidente chileno salió a relucir, y se supo de su educación cosmopolita y de su matrimonio con uno de esos chicos que las madres quieren como yerno. La niña Isabel parecía un producto de marketing, pero el efecto Allende fue más allá. Las ventas de “La casa de los espíritus” empezaron a multiplicarse, como se multiplicaban las visiones de Clara clarividente, y hasta los críticos se rindieron a la recién llegada. Isabel Allende había bebido de las fuentes de lo real maravilloso, pero estaba libre de los cantos de sirenas de la literatura indigenista, ya claramente demodè, y el realismo mágico de sus novelas tenía una pátina de modernidad que se convirtió en su sello. El público descubrió con ella que, como alguien dijo una vez, no sólo García Márquez tenía abuelita. Isabel Allende ha sabido convertir su narrativa en un producto para todos los paladares. Dotada de una imaginación poderosa y un vibrante dominio del lenguaje y la sintaxis, la autora chilena es también una mujer libre que se permite el lujo de escribir lo que quiere y decir lo que piensa. Puede hablar sobre literatura oral, lanzar una diatriba contra el presidente Bush o atreverse a publicar una novela sobre el Zorro, que es mito propio de machos, como hace cuarenta años era cosa de machos la novela en América Latina. Y entonces llegó ella. El resto ya lo saben ustedes.


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Marta Rivera de la Cruz

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