Escrito por Relatos

La gente no existe

Carolina Casado
Escrito por Carolina Casado

La gente no existe

Cecile Pompadú, la Única

Tras Aquello ya nada fue igual. El mundo se reconvirtió y transformó en lo que somos hoy en día, Mentira.

Es el 7 de noviembre de 1996.

Sólo han pasado cuatro días de Aquello y la chica de pelo rojo, de semblante claro y carácter sereno,  camina con rumbo fijo por las calles de una ciudad deshabitada.

Hace frío y las primeras nevadas han comenzado a sacudir el asfalto con una violencia tan tremenda que duele. Cada copo de nieve se estrella contra su piel como una ráfaga de pelotazos intencionados en un entrenamiento de tenis.

Pero a Cecile Pompadú, la chica del pelo rojo, le da igual, no siente nada. Camina con paso firme y decidido, con un trozo de papel arrugado y sucio en una mano y un cigarrillo a punto de esfumarse en la otra.

Atraviesa la arteria principal en menos de una hora y consigue llegar al portal que un día llamó suyo. No toca el telefonillo, a estas alturas ya sabe que no va a haber nadie. Abre sin llave y la puerta gruñe enfadada al tornarse.

Sube las escaleras y acaricia la barandilla de madera gastada creando una melodía con la punta de sus dedos.

Ta, ta, ta,

Ta

Tatatata

Ta

Se para, respira, alza la vista y mira de frente. Ahí está, el número 4, su hogar.

Avanza despacio, sintiendo como si unas cuerdas transparentes tirasen de ella hacia atrás. El camino se hace pesado, le cuesta avanzar y algunos de los recuerdos más bonitos de su vida aparecen en su cabeza mezclándose con conversaciones y escenas que ya nunca jamás podrá volver ni a tener ni a vivir.

Como aquella de hace casi un año.  Acababa de salir de trabajar y llamó a su padre:

—Hola papá, ¿qué haces?

—Hola hija! Pues justo voy a cambiarme de ropa para ir al campo, ¿te vienes?

—Mmmmmm si, me voy contigo. Llego en 20 minutos

Era principios de octubre. El frío amenazaba con colarse entre los huesos y las tardes comenzaban a menguar.  Cecile llevaba una cazadora vaquera y un pañuelo de seda anudado al cuello, su favorito. Cuando llegó al campo vio a su padre a lo lejos, caminando hacia el arroyo a través de los chopos que adornaban el camino. Fue hacia él disfrutando de cada pisada mullida en la tierra, del silencio solo interrumpido por el agradable soniquete de los pajarillos, de la profundidad del entorno, de la solemnidad del paisaje,  de aquel remanso de paz.  Tal era su relajación que llegó a creer incluso que flotaba.

Alcanzó a su padre.

—Papá, hoy en el trabajo han comentado que algo muy gordo va a ocurrir. La gente está muy nerviosa…

—Yo no he oído nada cariño, serán solo eso, comentarios. La gente está muy loca y muy aburrida. No hagas caso…. 

Siguieron caminando sin prisa, dejándose acariciar por el suave viento que danzaba entre la arboleda y ellos.

—No sé, desde hace un tiempo para acá, no paran de llegarnos telegramas muy extraños. Mi jefe está siempre reunido y muy pensativo, se le ve agobiado. No nos da muchas explicaciones, la verdad, pero no sé, hay algo que no va bien. Llámalo presentimiento o llámame brujilla….

—Cariño, a lo largo de la historia han sucedido acontecimientos terribles que se han escondido debajo de cualquier alfombra de vete tú a saber quién. Tejemanejes entre los mandamases que ni siquiera conocemos y que no vamos a conocer jamás. Y aquí estamos, igual que siempre.  Estate tranquila “naranjita”.

Efectivamente, la vida continuó frenética como siempre durante ese año. Cecile terminó el doctorado, se mudó de piso y cambió de trabajo. Su vida era un sin parar entre mañanas de papeleo en la oficina, tardes de cañas y amigas y noches de película.

Algarabía.

Nada hacía prever lo que ocurriría un año después, el 3 de noviembre de 1996. Aquello.

Cecile bebía una cerveza tranquilamente sentada en la terraza de un bar junto con sus amigas mientras charloteaban acerca de sus últimos ligues, el trabajo, la telenovela de televisión española…

Pasó entonces por ahí uno de esos hombrecitos vestidos de negro con un libro muy raro en la mano proclamando el fin del mundo. Todos los que estaban allí sentados se rieron de él sin parar y hasta el dueño del local salió para invitarle a irse un par de calles más abajo.

Después, miles de pulsaciones desordenadas.  Frecuencias Interrumpidas. Caos.

Y el silencio.

Es el 7 de noviembre de 1996.

Cecile Pompadú lee en voz alta el papel arrugado y sucio que ha llevado con ella estos días y llora, llora tan enfurecidamente que sus lágrimas se confunden con el rojo de su pelo. Es el último telegrama que recogió de su mesa antes de Aquello.

“La gente no existe”

Carolina Casado @soylacasado


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