Críticas

“La Sinagoga Vacía”, de Gabriel Albiac

la sinagoga vacía
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Escrito por Fede Nogales

Con motivo del veinticinco aniversario de la primera edición de “La sinagoga vacía” Tecnos reedita el clásico de Gabriel Albiac pocos meses después de que el autor recibiese el premio ABC Cultural-Ámbito cultural.

La sinagoga vacía es un monumento ensayístico imponente. Mas dentro de esa enormidad se encierra una tesis, en ningún caso sencilla, pero sí directa como una flecha. Algo incómodo de observar pero imposible de evitar. Muy complicado de precisar excepto en la herida ya abierta.

No es de extrañar que en 1988 el libro fuera merecedor del Premio Nacional de Ensayo. El texto está armado siguiendo un plan de frágil equilibrio pero a la vez excitante y arriesgado. Las nueve primeras décimas partes del libro son un ensayo histórico de fácil digestión y que gravita entorno a una problemática atractiva: el “asunto” marrano de los judíos deportados de España y Portugal sobre todo hacia Holanda, tierra poseedora de una legislación religiosa más permisiva. Se deja para el final la influencia que éste contexto pudo tener sobre el filósofo sefardí Baruch Espinosa -más comúnmente escrito Spinoza-.

Es esta sección del libro la que atrapa a nuestra mente en una curva cerrada. Muchas consecuencias son insinuadas más que mostradas y el mismo eje del libro -como en la trayectoria de los planetas alrededor del sol- sólo puede ser entendido como centro en la lejanía: Espinosa. Espinosa es el gran desaparecido. El absoluto protagonista que se hace esperar. Quizá por ser una consecuencia de todo lo anterior. El gran ateo alrededor del cual gravitan las imágenes como en una linterna mágica.

Fue para el judaísmo el siglo XVII una época convulsa. Primero, la fiebre mesiánica del judaísmo europeo que eyaculó a Sebatai Zeví como una fruta madura. El mismo Sabatai que pasó de ser el mesías esperado por el pueblo de Israel a caer preso en manos del Sultán Otomano y convertirse, para salvar su vida, al Islam. Segundo, un periodo en que se creyó haber encontrado las diez tribus perdidas de Israel en el Nuevo Mundo y en el que cristianos venidos para comerciar en Amsterdam o en Amstel se descubrían años después como judíos marranos que durante décadas habían escondido una religión que ya no se correspondía con nada. Judíos que se dieron cuenta que habían sido abandonados por el destino. Que de nuevos cristianos habían pasado a nuevos judíos. Que no poseían ni sus cuerpos y sus cuerpos eran ingratos a todos los pueblos de la tierra: incluido el suyo.

Hubo católicos conversos como Isaac Orobio de Castro que sí consiguieron traspasar el esfuerzo infinito de olvidar un pecado y un sufrimiento que había durado décadas: el de la ocultación de la propia religión. Una mácula y una herida difícil de limpiar y cicatrizar. Otros -¡qué curioso! en el mismo pequeño lugar y en el mismo instante: Amsterdam y finales del barroco- como Uriel da Costa, se quedaban por el camino con una bala en la sesera. Muchos que dieron el gran salto adelante y decidieron abalanzarse sobre el libertinismo. Especie de nueva ola con turbios ascendentes humanistas. Verdadera nueva modernidad que a nosotros mismos, modernos sempiternos, nos destruiría.

Al final de esos nueve décimos, con el paso de una sola hoja, un décimo más: Baruch Espinosa. Pero éste transformado en difícil ascenso. Posiblemente porque Espinosa nunca fue un autor sencillo sino más bien oscuro y denso. De ahí los problemas de descompresión que sufre el lector. En la escalada final del libro la cima se intuye pero el aliento -debido al mal de altura- comienza a faltar. Quedamos ciegos y sin aire sabiendo que ese cambio ha sido urdido a propósito, y descubrimos que hay mucho de autobiografía en el libro: y que la venganza al lector es también una venganza de los heréticos contra el poder establecido. Que contra el totalitarismo de las ideologías un autor puede lanzar su ataque encubierto, sereno y aislado. Que aquellos heterodoxos son imágenes en el espejo de los heterodoxos marcados a la salida del campo de concentración y reenviados al Gulag. Es, este libro, finalmente una especie de pacto civil sellado y firmado. Gracias a él Espinosa se convierte en el patrón republicano de los heterodoxos. No sin olvidar, para saber en qué trinchera nos hallamos, que Albiac se siente, él mismo, un heterodoxo más en un mundo quizá demasiado cruel.


La sinagoga vacía

La sinagoga vacía
Autor: Gabriel Albiac
Editorial: TECNOS
Páginas: 680
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