Críticas

“Las casas de los rusos”, de Robert Aickman.

Leticia Garcia
Escrito por Leticia Garcia

Entre 1915 y 1917 Sigmund Freud  dictó su conferencia Los caminos de la formación del síntoma. En ella el síntoma se ubica ajeno al yo, como un extranjero con el cual el yo no desea relacionarse. El síntoma se comportaría entonces como un “cuerpo extraño” en condiciones de extraterritorialidad. No sé si Robert Fordyce Aickman (Londres, 1914), autor de Las casas de los rusos (Atalanta, 2016) hubiese acogido ese discurso encogiéndose de hombros o si, por el contrario, hubiera sonreído astutamente para a continuación volver a fijar su mirada en alguna figurilla de porcelana Meissen o en un volumen de Lo pintoresco de Christopher Hussey. Pero lo cierto es que a lo largo de los relatos que Robert Aickman nos regala en Las casas de los rusos, el que fue arquitecto y coleccionista convierte el síntoma que sufren todos sus personajes en una sucesión de construcciones arquitectónicas que son la certeza congelada e inconmensurable del drama interno que guarece cada uno de sus protagonistas: “La ilusión de que la casa fuera una pieza de cerámica, enorme y vacía, volvía siempre a esa hora de la tarde. La idea de que hubiera alguna persona viva en aquel interior descomunal, oscuro y silencioso, parecía absurda o siniestra”.

Todos los relatos de Las casas de los rusos pertenecen al género de lo sobrenatural. El paisaje y, sobre todo, las casas en las que los personajes desarrollan su vida total o parciamente confabulan para ser otra parte de ellos, una extensión extraterritorial y visible de su interior. De la misma manera que todo elemento irreal, ya sea un fantasma o un monstruo, cofunda el personaje y dota de razón y significado sus problemas familiares o matrimoniales. Así, en sus relatos se suceden una mujer-niña que es madre de dos hijos monstruosos que podrían devorar a un pueblo entero, una oréade que habita, aislada, un páramo plagado de líquenes y casas abandonadas que permanecen habitables a lo largo del tiempo, dos hermanas absorbidas por su relación de patricias y plebeyas, la cual les procura un crimen, y una casa que permanecerá siempre llena de polvo.

En Robert Aickman el terror se desencadena para todos los seres que permanecen deshabitados de sí mismos: “No se puede vivir en una casa que a una ya no le pertenece […] Las opciones, las decisiones, las responsabilidades ya no son nuestras. En el mejor de los casos nos convertimos en gobernantas; en el peor, en títeres”.

Robert Aickman habla con un lenguaje claro y elegante con el que apoya una construcción del cuento en la que no deja nada ningún cabo suelto. Nos conduce en su narrativa a través de lo cotidiano hasta la pausa en de la que lo fantástico asume toda la problemática del relato. Al introducir la cuestión sobrenatural logra provocarnos un repentino malestar que de alguna manera ya habíamos venido anticipando, logra que parezca natural que de un problema doméstico nazca lo irreal. Es también un escritor muy versátil y un gran estudioso del carácter humano, virtudes que explota en el gran mosaico de voces que desarrolla en este libro: una mujer insegura y acomplejada que es una vampiresa, un delicado funcionario con un sentido del humor muy británico al estilo de Chersterton, un pintor que bajo los efectos de las drogas mantiene relaciones salvajes con una desconocida a través de sus vestidos.

Puede que Aickman se anticipe a Carver, muy a pesar de que el norteamericano, en su propia obsesión por lo irreal, prefiera los electrodomésticos que se estropean masivamente a los fantasmas. Culto y hombre de su tiempo, contextualiza todos sus relatos haciendo referencias al terror real con el que coexistió: guerras como La Guerra de Invierno o la Primera Guerra Mundial, personajes como el Príncipe Félix Yusúpov  o espiritistas de la talla de Willi y Rudi Schneider. También siguió las corrientes de su época, en las que “da la impresión de que el interés por los fenómenos paranormales crece constantemente”.

En Robert Aickman el terror es una dimensión de la cotidianidad en la que nos envolvemos día a día y otra manera de explicar aquello que nos sucede. Es una de las emociones primarias y fundamentales en nuestra relación con el mundo. Al fin y al cabo, nacimos llorando y asustados. Al atravesar sus extensos relatos, la atracción sádica que a todos nos aflora con el miedo empuja continuamente a la lectura. Sin duda, Aickman coincidió esta vez con Freud cuando escribió: “Mi padre puede leerme la mente. Basta con que estemos juntos en la misma habitación. Es aterrador. […] Era la experiencia del amor, supuso Stephen: el primer amor”.


Las casas de los rusos

Las casas de los rusos
Autor: Robert Aickman
Editorial: Atalanta
Páginas: 320
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Sobre el autor

Leticia Garcia

Leticia Garcia

Leticia García (Madrid, 1987) se licenció en Ciencias Físicas pero su curiosidad aún no se siente satisfecha y quizá por eso perdura su amor por la literatura.

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