Escrito por

Lenin Dadá

Lening
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Escrito por David Torres

A mitad de camino entre el estudio erudito y la gamberrada pura y dura, Dominique Noguez elaboró, poco antes de la caída del Muro de Berlín, una sofisticada broma en la que jugaba con la posibilidad de que Vladimir Ulianov, alias Lenin, hubiese flirteado con los dadaístas en su etapa de exiliado en Zurich. No obstante, el formidable aparato de citas y fotos con el que Noguez sostiene su teoría hace sospechar que el verdadero entramado ideológico del libro más allá de un simple chiste literario.

En efecto, Lenin no sólo vivía a unos pasos del cabaré Voltaire, donde Tristan Tzara y sus muchachos hacían de las suyas, sino que también le daba a la juerga mucho más de lo que están dispuestos a admitir sus biógrafos oficiales. Hasta tal punto que, en deliciosa hipótesis fonológica, Noguez aventura que la creación de la palabra “dadá” no proviene de una caprichosa etimología infantil, sino más bien del grito entusiasmado del padre de la revolución rusa al golpear entusiasmado sobre la mesa del cabaré: “Da, da”. Es decir: “Sí, sí. ¡Sí a Tzara! ¡Sí al Oriente de las bailarinas de la danza del vientre! ¡Sí a la vida! ¡Sí a la algarabía! ¡Sí a la irrisión!”

¿Qué sentido tiene unir los cables sueltos de la vanguardia artística con los de la revolución política? Mucho, si se tiene en cuenta que el grito de destrucción al pasado enarbolado por los dadaístas pasó de la mera retórica a la atrocidad absoluta en esa apología del degüello arbitrario en que degeneró el bolchevismo. Visto así, no es extraño que la orgía surrealista acabara desembocando en el funcionariado del partido comunista y que la estúpida consigna de Breton (“el acto surrealista puro sería salir a la calle armado con una pistola y disparar al azar contra la multitud”) encontrara eco, mucho antes de los asesinatos en masa en universidades y hamburgueserías, en la Checa de Dzerzinski, cerebro asesino de la represión.

Según la sugestiva conjetura de Noguez, la loa nihilista del caos y la destrucción encontró en Lenin su testaferro sobre la superficie terrestre. Y lo que había de llegar poco después, en el infierno estalinista, ya lo había profetizado el texto dadaísta por excelencia, Ubú rey.


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