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En la luz inmóvil, el fotógrafo.

En la luz inmóvil

Una cámara de fotos es un objeto que recoge la partícula más elemental de la luz (un fotón) y lo distribuye entre los diferentes cristales de color que nos darán la imagen. Una cámara de fotos es así un objeto que congela la luz y que, como en el poema de Cesare Pavese, “Verano”, nos trae una imagen del recuerdo: “En la luz inmóvil del día lejano/ se ha quebrado el recuerdo”.

Esa luz inmóvil es la de la memoria, es la que la cámara de fotos captó en el instante de producirse la mirada y que vuelve una y otra vez al sacrosanto campanario del recuerdo: “Ha reaparecido la mujer de ojos entreabiertos/y de cuerpo concentrado, andando por la calle./ Ha mirado de frente, tendiendo la mano/en la calle inmóvil. Todo ha vuelto a resurgir”.

De un lado está el fotógrafo; en el centro está la luz y en la otra esquina, como no podía ser de otro modo, se encuentra la sempiterna mujer: la forma que regresa a lo vivido y que siempre tiene cierta maldad inconsciente (porque no se sabe invocada).

La Literatura ha sido campo de cultivo de hombres y, durante siglos, el hombre ha observado a la mujer con más o menos habilidad. Con mayor o menor divinidad, maldad, energía o sentimentalismo paternal, el hombre ha hablado de mujeres y, de algún u otro modo, ha ido tejiendo e inventando lo que podríamos denominar “la mujer literaria”: un organismo ajeno a la realidad de la mujer.

De esta guisa la literatura se ha visto plagada de personajes femeninos endiosados o vilipendiados, objetos de deseo que quedaban en la luz y volvían a las páginas. Tenemos a la malvada Justine de Sade y a la enferma Justine de Lawrence Durrell, la precoz Bilitis de Pierre Louise, la menos elegiaca Bobary de Flaubert, la bienllegada Beatriz de Dante, la divina Helena, la enigmática V, de Pynchon o la multifacética Imago de Spitteler. Ahora mi amigo y consejero Ramón Pernas, nos trae en su última novela, Premio Alarcón y titulada En la Luz Inmóvil,su propia mujer, su propio objeto de deseo.

En la luz inmóvil es una novela sentimental, galante y terriblemente sincera. Un hombre en su madurez (a la que él se empeña en llamar vejez) y acostumbrado a cierto retiro, rememora el primer instante (como la magdalena de Proust) en el que se enamoró perdidamente de una chiquilla que solía veranear en su pueblo gallego. Desde este primer fotograma, el hombre adulto va recordando la historia como quién transcurre por un álbum de instantes.

Un primer desastre familiar hace que la niña de sus sueños desaparezca y después, las corrientes de la vida, la harán aparecer y desaparecer (mientras pasan los años) amenazando con desbaratar la cordura del narrador. Como no podría ser de otro modo, esta mujer sin nombre es un fantasma, un enigma del que poco o nada conocemos. Tiene así todos los ingredientes necesarios para convertirse en una obsesión, para convertirse en un ser que no es, en un ente solamente literario. Como las historias de una obsesión, ésta se centra en el descubrimiento y el anhelo del objeto de deseo pero en el intento de revelar la imagen (y a la retratada) también el fotógrafo se revela a sí mismo.

Es aquí es donde la novela de Ramón gana en peso y en sentido. Poco a poco, conforme creemos acércanos a la mujer lo que descubrimos es al narrador: ese viejo sentimental que nos cuenta y nos relata. Un hombre de dinero, con una editorial detrás, viviendo de las rentas y que, durante los años de la transición española hizo lo que había que hacer: afiliarse al socialismo y generar contactos en el poder. No es una bestia de los negocios ni un político de pro, sencillamente es un hombre llamado a la inercia de las cosas y es, en el eje de esta inercia, en el que tanto unos como otros lo utilizan a voluntad. Lo utiliza el comando armado a la Mao-Zedong al que la mujer pertenece, lo utiliza la ejecutiva de poder de su propio e incipiente partido, lo utilizan sus amigos de la infancia (oscuramente envueltos en la trama y el juego político y revolucionario). Los unos y los otros lo utilizan hasta el punto de que, en una transcendental conversación, un viejo camarada se refiere a él como un Tonto Útil, expresión burocrática que designa el estado de una inmensa mayoría de ciudadanos y que resulta idónea para nuestro personaje y narrador. En realidad, esta novela de Ramón Pernás es más la imagen del fotógrafo (de ese Tónto Útil ) que la imagen de la modelo (ese objeto de deseo) y sí, quizá sea también la historia de una obsesión, y también sea un relato sentimental de la transición española (de toda la luz que está entre el fotógrafo y la modelo) pero ante todo es un canto a tantos y a todos aquellos que alguna vez fueron utilizados por los demás y, en concreto, por alguna mujer (un canto aDurrell, a Sade, a Dante o a Pynchon). En suma, esta novela de Ramón, es un recuerdo a aquellos “tontos útiles” y a algunos Hombres Buenos.


En La Luz Inmóvil

En La Luz Inmóvil
Autor: Ramón Pernas
Editorial: Algaida
Páginas: 264
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Redacción de Ámbito Cultural

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