Columnas

Mejor que no acuda

J.D. Salinger

El 20 de noviembre de 1952 se produjo un hecho insólito en la vida de J.D. Salinger: el autor acudió a una sesión fotográfica. El afortunado que se colocó detrás de la cámara fue Antony di Gesu y, ante un Salinger rígido e incómodo, optó por entregarle un ejemplar de El guardián entre el centeno para que hiciera con él lo que quisiera. Salinger leyó pasajes en voz alta, otros para sí y, entre cigarrillo y cigarrillo, di Gesu consiguió tomar 48 fotografías del autor en las que se le ve a veces serio, otras relajado, e incluso en algunas, sonriendo y riendo. Salinger pasó un buen rato, aunque más tarde pidió a di Gesu que no enseñara ninguna de las fotografías. Él solo quería un retrato para enviar a su madre y a su novia. El fotógrafo mantuvo su promesa durante más de 30 años, revalorizándose su trabajo a medida que se acumulaban los lustros.

El terror de Salinger a reporteros, curiosos y académicos es tan mítico como las obras que escribió. Rechazó entrevistas, conferencias y clases magistrales con tanta rotundidad como educación. Entre las excusas que dio para tan férrea obsesión estaban su imposibilidad de preocuparse por otros asuntos cuando trabajaba en una nueva obra, su percepción de que la gente se comportaba de forma diferente ante él por miedo a que escribiera sobre ella o sentirse falso e hipócrita cada vez que tenía que hablar en público. Pero las motivaciones de Salinger eran mucho más místicas. No solo se trataba de un blindaje casi enfermizo de su intimidad y de su defensa de que todo escritor únicamente debe ser conocido por su obra, sino de una lucha interna constante en toda su carrera entre compartir con el mundo lo que había escrito y lucrarse con ello. Salinger siempre luchó entre su humildad y su ego.

A la misma lucha se han enfrentado autores como Thomas Pynchon, Elfriede Jelinek, Cormac McCarthy (este último acata marcialmente su orden de conceder una entrevista cada diez años) y también Juan Carlos Onetti, que ahora, veinte años después de su muerte, vuelve a ser perseguido.

Onetti, aquel caballero que dijo no a la reina Sofía cuando le pidió acudir a la cena de honor que festejaba su concesión del Premio Cervantes, y que en un Congreso Internacional de Escritores solo abandonaba su habitación por las noches para irse a beber con Juan Rulfo, no mostraba tantas reticencias a la hora de que le fotografiasen, sobre todo si estaba en casa y, más todavía, si la que pulsaba el disparador era Dolly.

A pesar de haber huido de reporteros, curiosos y académicos en vida, su intimidad está expuesta ahora más que nunca, literalmente. Y es que en la Casa de América cualquiera puede contemplar, además de las instantáneas de la vida familiar, los muebles de su salón, las cartas que escribió, los libros que le dedicaron, las cintas que escuchaba, los ceniceros que usaba e, incluso, la cama en la que pasó tantos años y que tan mítica es como sus libros.

¿Cómo habría actuado Onetti ante este hecho? ¿Habría llamado a sus colegas, familiares y amigos para que destruyeran toda su correspondencia, como hizo Salinger? ¿O le habría dado el gustazo a su ego y disfrutado tranquilamente de una fama prolongada durante ya dos décadas desde que se marchó?

Homenajes así demuestran que la batalla entre la necesidad de ser leído y los traumas que genera el éxito nunca firma la paz en el terreno del aludido, sino en el de la audiencia. Los lectores somos curiosos, altamente impresionables frente al talento ajeno y, cuando encontramos a alguien digno de nuestra admiración, nos cuesta quedarnos en la palabra escrita. El gusto por saber los libros que leía, las calles por las que se paseaba o cómo se comportaba en familia no responde al hecho de querer conocer el sentido más íntimo de su obra, sino en el deseo de humanizarle. Confirmar que hay una persona detrás de lo que tanto nos ha maravillado. Quizás, al reconocernos en la misma condición, podamos creer por un instante que nosotros también podemos llegar a ser genios.

No importa el ego o la humildad del autor y, en algunos casos, ni siquiera importa la obra. J.D. Salinger y Juan Carlos Onetti, como otros, eligieron huir de cámaras y compromisos con la firme intención de dedicarse solo a escribir, pero sus retiros provocaron el efecto contrario. Y es que, como la encantadora Audrey Hepburn dijo una vez, “El que quiera ser el centro de una reunión, mejor que no acuda.”


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Redacción de Ámbito Cultural

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