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Meridiano de sangre

Ámbito Cultural
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Escrito por David Torres

Harold Bloom la saludó como la novela apocalíptica por excelencia de las letras estadounidenses y colocó a su autor, Cormac McCarthy, en la estela de Melville y de Faulkner. Incluso para quienes pensamos que Bloom siempre exagera un poco (ya es exagerar decir que Shakespeare fue “el inventor de lo humano”, saltándose a la torera a Homero, Virgilio, Dante y Cervantes), hay que reconocer que Meridiano de sangre es una de esas novelas que marcan al lector como una res con un hierro al rojo. Al menos a mí me puso los pelos de punta y no hay mejor señal, según Nabokov, de detectar un gran libro: confíe en el temblor del vello de su nuca.

Especie de western crepuscular, al estilo de las grandes y polvorientas elegías de Sam Peckinpah,Meridiano de sangre es una obra traspasada de violencia, de horror, de brutalidad y también (como en Peckinpah) de una rara y poderosa poesía. Un muchacho sin nombre (“the Kid”) se alista en una suerte de Grupo salvaje ideado para masacrar a los indios salvajes de la frontera. Pero muy pronto la banda de Glanton sobrepasa sus prerrogativas y empieza a sembrar el terror y la muerte entre los propios mexicanos que los han contratado.

Escrita con una cadencia de frase bíblica, de formidable pulso faulkneriano, la novela se lee como una pesadilla estremecedora en la que uno apenas puede cerrar los ojos o respirar: sólo parpadear y tomar aliento para lo que nos espera más allá. Si algunos pasajes bordan el mismo humor burro, palurdo y sombrío de los lugareños cazurros de Faulkner otros se demoran en insólitas descripciones de la barbarie (¡un jinete indio ataviado con un vestido de novia ensangrentado!) que parecen escritas a vuelo de pájaro, como observadas por un dios indiferente y arcaico.

En la figura del juez Holden, un gigante calvo y albino, pederasta y sabio, asesino y virtuoso del violín, logra McCarthy una de las más logradas encarnaciones literarias del mal absoluto: un cruce entre el capitán Ahab y la ciega e inmensa ballena blanca. Y en ese espacio en blanco de la frontera, en esa torturada cicatriz por donde Holden y sus secuaces lanzan sus despiadadas cabalgadas, se alza un pavoroso desierto moral, un lugar donde el capitán Marlow podría hablarnos otra vez de ese corazón de tinieblas que se esconde al fondo de toda criatura humana.

Hay muy pocas novelas con un desenlace tan atroz y tan enigmático como el que le aguarda al protagonista en el maloliente retrete de ese desolado poblado de frontera, poco antes de que el juez Holden esgrima otra vez su violín.


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