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Así fue: Mozart K.626, una doble fuga para sí mismo

Hablar de talento, de genialidad y de prodigio, es hablar de Wolfgang Amadeus Mozart,  el músico más fulgurante de todo el siglo XVIII. Ramón Torrelledó nos va a ayudar a entrar de lleno en esa misa litúrgica inacabada que, en cierto modo, compuso para sí mismo.

Nada más arrancar el encuentro,  escuchamos un fragmento por todos conocido: «Lacrimosa dies illa». Lamento y dolor, fue en esta pieza donde el compositor austríaco dejó de crear. Después de este primer contacto con ese suspiratio, Torrelledó nos sumerge en la vida de lo que fue un auténtico niño prodigio. A los 3 años ya se asomaba como intérprete precoz a los teclados de la época y a los 5, empezó como compositor. Escuchamos ahora la primera obra que escribió para clavicémbalo.

La genialidad de Mozart está absolutamente ligada a su personalidad. En 35 años compuso más de 600 obras y se convirtió en un músico independiente en Viena. Pasión y precocidad unidas desde la primera edad, a los 8 años creó su primera sinfonía para la familia de cuerdas. Recorrió las Cortes europeas siendo un niño y causó expectación en todos los salones. Su padre le “exhibió” literalmente desde los 6 años y le inculcó unos hábitos de conducta que causaron en él una gran presión psicológica.

Se podría decir de él que fue una de esas figuras nacidas para el mito, para la fábula, la leyenda. El cine y la literatura se han encargado de agrandar aún más el misterio en torno a su figura.

Escuchamos otra parte de este réquiem. Historia e interpretación musical se van sucediendo y es aquí cuando Torrelledó nos explica cómo, a partir de esta composición k.626, nació el mito realmente. Fue así como, en 1791, le llegó al músico la petición de escribir una Misa de réquiem, por la que se le pagaría generosamente. Pese a que el célebre compositor trabajó toda su vida sin cesar, su situación financiera se hizo cada vez más apurada en los últimos años. Mozart estaba ya gravemente enfermo, pero lo aceptó de inmediato. Hoy sabemos que la propuesta procedía del adinerado conde Walsegg, que acababa de enviudar y deseaba disponer, para los funerales de su esposa, de una Misa de difuntos. Walsegg quería también que el autor de la obra permaneciera oculto, de modo que él mismo transcribiría la pieza, de su puño y letra, y la haría pasar como propia. Para dificultar más aún la historia, el dinero no le sería pagado a Mozart íntegramente, sino, una parte al inicio y el resto al finalizar. Tanto su mujer Constanza como él, sabían que no llegaría a poder finalizar la composición, así que Mozart recurrió a su discípulo y amigo Franz Süssmayr, quien lo completó por él.

En este punto álgido de la narración de la trágica vida de Mozart, Torrelledó recurre al pasaje de la película de “Amadeus”, de Milos Forman. Este episodio de su vida será de gran importancia ya que la posteridad nunca se plantearía a quién correspondería la autoría real de este Requiem. Realmente Süssmayr se sintió absolutamente abatido y atormentado por la responsabilidad de terminar algo de tal magnitud.

Torrelledó va recorriendo todos estos testimonios, mitos, realidades, fama en vida, dificultades que sufrió en su breve existencia, cualidades poco comunes y … súbita desaparición. Nos deja para el final algunos de los números más representativos de esta melodía inmortal. El introitus –el cortejo fúnebre–, la súplica desesperada de compasión del kyrie (Señor, ten piedad) y pasa a la lacrimosa, donde en su octavo compás, dejó de escribir.

“Muere Mozart y nace la leyenda, auténtica necedad cuando confundimos valor y precio”.

Sobre el autor

Mila Valcárcel

Mila Valcárcel

Milagros Valcárcel es coordinadora de la sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Callao.

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