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No te creas

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Escrito por Rafael Reig
Yo soy capaz de creerme cualquier sandez que me pongan por delante. Cualquiera. Sí, pero sólo una. Lo que ya me cuesta más creer son dos imbecilidades que se contradicen entre sí. Hasta los tontos tenemos nuestro orgullo.
Por ejemplo, estaría más que dispuesto a creerme que es asombroso que los humanos y la mosca del vinagre compartamos un 90% de nuestro ADN, que sólo nos diferenciemos por unos pocos genes.
Por ejemplo, estaría encantado de creerme que existe un gen que predispone a la infidelidad.
Lo que no puedo es ser tan pazguato como para creerme las dos cosas a la vez, así que ahora ya no me creo ninguna.
Sorprenderse de que la mosca del vinagre y un ingeniero de caminos tengan casi los mismos genes es como sorprenderse de que, con las mismas 24 letras, se pueda escribir el Quijote y un libro de César Vidal.
Por lo que sé, a los científicos les produjo algo de sorpresa ese descubrimiento, pero sólo hasta que se dieron cuenta de que la información genética era más parecida a un alfabeto: lo importante es la combinación y la interacción con el medio. Con los mismos genes, poco más o menos, se puede producir una mosca del vinagre, Albert Einstein, un asesino en serie o algún fenómeno de teratología política como el inefable José Bono. En primer lugar porque la actuación de las cadenas de ADN es aún poco comprensible: un gen sólo se activa o tiene efectos en presencia (o ausencia de otros), partes de la información de un gen son inservibles para algunos seres vivos y no para otros; la forma de vida, el medio en el que uno crece y hasta las malas compañías pueden inhibir una información genética o hacer que otra se utilice incluso de forma excesiva.
Una vez que se entiende esto, me parece una bobada creerse que hay un gen de la infidelidad y otro que determina la tendencia a desenchufar tirando del cable, con tal de no agacharse. Exagero (pero no mucho, por lo que he leído): viene a ser como decir que se ha descubierto el gen de la calidad literaria. Como en el Quijote aparece 53.284 veces la letra efe, basta con escribir una novela con 53.284 efes para garantizar genéticamente su calidad literaria. Más o menos es así de idiota. La presencia o ausencia de un gen no va a convertir a nadie en infiel. Ni siquiera en mosca del vinagre. El asunto es un poco más complejo, no sé si está al alcance de los chicos de la prensa.
En resumidas cuentas, aunque ya no sea verano, recomiendo uno de los libros que he leído este verano, un best-seller de Michael Crichton, Next. Soy un viejo lector de Crichton y me han encantado libros como Terminal Man o State of Fear. Éste, sobre ingeniería genética, no es el mejor, pero aun así es bastante más entretenido e informativo que la mayoría de lo que se publica. Al menos cura un poco la credulidad más sandia. Las últimas doscientas páginas, en mi opinión, patinan un poco hacia el melodrama, pero llegué hasta el final.

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Rafael Reig

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