Columnas

Lo que escriben los negros

percival everret

En el año no tan lejano de 2007 descubrimos que JT Leroy, el supuesto autor de Harold´s End, presunto chapero y adicto a las drogas, no era más que el personaje tras el que se escondía Laura Albert, una escritora americana.

JT Leroy no era sólo un seudónimo, JT Leroy existía de algún modo: daba entrevistas y hacía lecturas públicas de sus libros con un amplio sombrero y unas gafas de sol, parco en el lenguaje y a menudo huraño. JT Leroy era encarnado por el medio hermano del novio de Laura Albert, un tal Geoffrey Knoop. Vamos, que todo se hubiera quedado en casa de no ser porque Geoffrey Knoop o JT Leroy firmaban sus contratos editoriales y de la industria del cine, con lo cual, incurrían constantemente en un delito de fraude tipificado.

Las novelas de Leroy o de Laura Albert se vendían como ficción y como churros, pero esta era una ficción sumamente dependiente de su no negada base biográfica. JT Leroy era Oliver, el niño adicto a la heroína de Harold´s End, era ese mundo, lo había vivido y había emergido de él para relatarlo. Las novelas eran sencillas, directas y crudas. Animaban al lector a sentir el espanto de lo no personalmente vivido pero mil veces narrado o entrevisto en las noticias: ese bajo fondo urbano donde sujetos lejanos a tu portal intentan sobrevivir vibrando en el escarnio, en el dolor y la pobreza en todos sus sentidos: intelectual y de la de mastercard. No sabemos que habría escrito Laura Albert de no haberse convertido JT Leroy, quizá su verdadera vida a modo de Tobías Wolff, quizá nada, quizá lo mismo pero con su propio nombre. Tampoco sabemos que hubiera sido de su exitoso libro Harold´s End de haber negado todo vínculo biográfico entre personaje y pseudónimo y haberlo dejado en una ficción sin más. De haberlo hecho así, lo que sí sabemos es que la crítica no hubiera utilizado esos adjetivos en los que retoza: original, cierto, real, descarnado, genuino, salvaje, auténtico y valiente, como si las cosas no pudieran ser auténticas siendo perfecta y únicamente, ficción.

Los Mass Media de la literatura no necesitan personajes, no al menos personajes de papel. No necesitan a Kurtz ni a la buena de Madame Bovary o al culpable Lord Jim. Los Mass Media necesitan personajes de carne y hueso que escriban libros que se vendan como churros y se mojen en leche desnatada. Un Michael Jackson, un James Frey, un Romin Gary, una Belén Esteban, un Elmyr o un JT Leroy. Necesitan el espanto y la gloria de la prensa amarilla de entrevista; y la carne, necesitan toda la carnaza para mover la parrilla del reportaje. Los autores también saben que su ficción a menudo pasa por la tangana de que el autor parezca un rockero aunque tenga cincuenta años y ganas de vestir pantalones de pinzas y chaqueta, un outsider aunque sea más sedentario que un mueble rococó, un tipo con sombrero panamá o un archiduque a lo Dalí. En el caso más extremo, los autores saben que si fueran directamente otra persona (una salida del arroyo, maldita y genuina) la cosa sería algo más fácil. Lo uno alimenta lo otro, y los otros, los autores, estamos dispuestos a dejarnos alimentar como animales indefensos.

Esto es algo que también sabe Percival Everett, autor de X, reciente novedad de Blackie Books. Percival Everett es negro y novelista, de esos negros que son profesores distinguidos en la Universidad de California, que se licenciaron en Filosofía en la Universidad de Miami y que se fueron a estudiar literatura a la Universidad de Brown, hijo de un dentista con consulta propia. Su vida no parece distar mucho de la del personaje que nos narra la historia de X (contada casi a modo de diario), otro escritor, un tal Thelonius Ellison, de padre médico, de abuelo médico, de clase media, que realiza relecturas de clásicos griegos y que desea que le conozcamos por su afición a la carpintería. Un escritor que no consigue vender su última novela por ser demasiado espesa y literaria, que tiene que vérselas con el telar de una familia burguesa que se desmiembra (demasiado concentrada en la individualidad) y que debe luchar con las intenciones de su agente y de una sociedad que parece exigirle que sea un “negro de verdad”, que escriba de la calle, que escriba de los güettos.

Válgame Cristo.

Es por eso que Thelonius Ellison decide escribir la novela que se le pide, a modo de parodia e incluirla dentro de X, como si fuera un cajón: se trata de una novela llamada Porculo, llena de violencia callejera, en la que el personaje principal Van Go, nos habla de su vida en el barrio y de cómo se convierte en un asesino. Thelonius Ellison firma la novela bajo el seudónimo de Stagg R. Leigh y debido a la publicidad que la novelita recibe (pues los Mass Media no ven la parodia, sino su genuinidad) se encuentra obligado a convertirse en Stagg R. Leigh y actuar como un “negro de verdad”, gafas de sol, dureza y expresidio.

Lo que tenemos aquí es un juego hermoso que va desde el autor real de la novela hasta su personaje o pseudónimo más distante. Sabemos que X ha sido escrita por Percival Everett y, sin embargo, estamos dados a intuir que el personaje narrador, Thelonius Ellison, tiene mucho del autor, y al relatarnos X, aventuramos que en realidad nos está hablando de la vida de Everett. Sabemos eso y que Porculo, también escrita por Percival pero a través de Thelonius e incluida en el resto de la novela bajo el pseudónimo de Stagg, no está basada en nada y es pura ficción. Vamos así desde lo biográfico hasta el arte de la ficción más pura. Percival Everett lo escribe todo, Thelonius ya es en sí un pseudónimo del autor (un alter-ego) y Stagg R Leigh es un pseudónimo al cuadrado (un alter-ego al cubo). Se trata de un despliegue de estilo que desea explicar que allí donde reside la buena literatura, por mucho sobran losMass Media.

Y digo un despliegue de estilo no como esos despliegues de los fuegos artificiales de las ferias de pueblo, sino como el despliegue de los manteles de un restaurante bueno, con su cristalería y sus útiles cubiertos. Nada en esta novela resulta afectado, teórico o efectista. Lejos de ello, Percival nos brinda con X un clásico contemporáneo, una novela decadente, patética y divertida que recuerda en mucho al mejor Saul Bellow, el de Herzog. Una novela que sabe más a judío que a negro, por decirlo de algún modo.Una novela sin una imponente trama que, sin embargo, trae consigo todo el sabor de la existencia, con sus silencios, su culpa, el devenir de las consecuencias, la terrible aceptación y esa sensación de que el mundo gira siempre más rápido de lo que debiera, y con cierto descontrol. Un juego de pseudónimos que esconde a un gran personaje (Percival, Thelonius o Stagg R Leigh, es lo mismo) y que por ende, esconde una vida que se hace real a nuestros ojos y salta del papel en cada página. Quizá por ello, porque Percival desea que sus pseudónimos sean cristalinos, en esta novela lo único que resulte oscuro sea su título: X, en vez del nombre del autor, señalando así que, pese a dejar claro quién se encuentra tras el nombrelo más anónimo de todo es en sí la propia existencia, el propio acto de vivir. X es lo que nos ocurre mientras el tiempo corre en nuestra contra.

“Los Mass Media necesitan el espanto y la gloria de la prensa amarilla de entrevista; (…), los autores saben que si fueran directamente otra persona (una salida del arroyo, maldita y genuina) la cosa sería algo más fácil. Lo uno alimenta lo otro, y los otros, los autores, estamos dispuestos a dejarnos alimentar como animales indefensos”.


Valora la calidad de este artículo

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (Ninguna valoración todavía)
Loading...

Sobre el autor

Avatar

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

Escribe tu comentario

Send this to a friend