Columnas

Queremos tanto a Larsson

Millenium

Esta mañana, en un trayecto en metro que duró apenas diez minutos, vi a tres viajeros enfrascados en la lectura de “Los hombres que no amaban a la mujeres”. La primera entrega de la trilogía de Stieg Larsson ha cautivado en España a setecientos mil lectores, y es posible que antes de que acabe el año las este volumen de “Millenium” supere el millón de ejemplares vendidos… y leídos. Un editor me dijo hace tiempo que en este país una buena parte del negocio del libro lo sostiene gente que no lee, es decir, aquellos que adquieren libros para regalar o para lucir en la estantería ante las visitas del domingo. Sin embargo, el comprador de los libros de Larsson es una persona dispuesta a dejarse doce horas de su vida entre las páginas de cada novela.

Confieso humildemente que soy una de las últimas víctimas de la fiebre Larsson: yo también he caído en las redes retorcidas y hábilmente trazadas de este fenómeno de la literatura posmoderna que ha conquistado ya a doce millones de lectores. Mikel Bloomkvist y Lisbeth Salander forman la más atrayente pareja literaria aparecida en los últimos veinte años, y la trama fascinante ideada por el señor Stieg lleva al lector a galope tendido por casi ochocientas páginas que arrastran a todo el que se aventura en ellas

Reconozco que he pasado mucho tiempo intentando descifrar las claves del éxito de Millenium, y cada vez tengo menos dudas de que lo que ha conquistado a los lectores es la brillantez de la historia y la oscuridad e incorrección política de los personajes, con Salander a la cabeza. En este momento preciso, cuando el mundo entero vive al borde de una encrucijada económica – y, por lo tanto, también social – el público reclama a gritos historias de evasión de arquitectura ambiciosa. Larsson ha concebido la suya, y para escapar de nuestra realidad difícilmente podemos pedir algo más de lo que nos da en sus libros: muerte, ambición, crueldad, dolor, venganza justa, premio para los buenos e implacable castigo para los malos. Y ahí está otra de las claves del fenómeno: la impiedad que se demuestra con aquellos que la merecen provoca el regocijo del lector – testigo. En esta era del buenismo, donde parece de mal gusto solicitar cadena perpetua para un pederasta reincidente, el que un violador sea torturado y amenazado de por vida nos parece acertado, y humanamente justo. Quizá esté bien que las leyes sean compasivas con un abusador de niños, pero cualquiera de nosotros estaría encantado de no serlo. Por eso es tan sencillo empatizar con Lisbeth Salander o con el bueno de “Kalle” Boomkvist, que aparecen ante nosotros como versiones mejoradas del ya olvidado Robin Hood.

Stieg Larsson había previsto que la saga Millenium constara de diez volúmenes. Sólo tuvo tiempo de entregar tres antes de que un infarto lo fulminase sin poder ver en la calle el mismo libro que le ha hecho inmortal. Larson murió sin saberse rico, famoso, admirado y amado. Nadie le odia, claro, porque no es de buen gusto odiar a los muertos, y por eso no hay en la red varios millares de chiflados dispuestos a partirle las piernas. La muerte, su muerte prematura, ha puesto al pobre Larsson a salvo de la envidia, la estulticia, la maldad en estado puro de aquellos que detestan el éxito ajeno. Quizá por eso es fácil augurar que acabará convirtiéndose en leyenda. La vida, la muerte, la literatura, son una inmensa paradoja, cuando no una broma de mal gusto.


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Marta Rivera de la Cruz

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