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La rubia y la cartera

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Escrito por Pablo Chul

Según el contrato social vigente, los ciudadanos debemos creer en una relación estrecha entre significantes y significados. Es una que ley nos mantiene, por así decirlo, en nuestro sitio, dentro de los confines de una imaginación justita pero sólida, para la que una subida de impuestos quiere decir solo eso: que suben los impuestos.

Otro ejemplo: un imbécil es un imbécil. Una imbécil es lo mismo, pero en femenino.

Un problema lingüístico sucede en Madrid a principios de abril. Son las cuatro de la tarde, esa hora en la que el carril bus pierde su santo nombre a la altura de la Plaza de Callao. Es un día entre semana, y una sexagenaria rubia necesita usar un cajero automático porque no lleva suelto encima, ni en un sobre ni en su cartera, que desaparecerá más adelante, bien entrada la historia, en un rifirafe con los agentes de la autoridad machista. Cuenta la leyenda que la sexagenaria necesitaba dinero para una partida de bridge a beneficio de los pobres. Y es que a este Madrid basado en hechos reales puede traerse toda la parafernalia del Londres de Dickens o el París de Zola, incluyendo, si ustedes quieren, cerilleras moribundas o gachas de avena. Y aunque no lo quieran: en la historia aparece un barrendero que, en el ejercicio de su deber, vacía una papelera y encuentra la cartera de la rubia. Por algún lugar había un Toyota blanco, pero su función es instrumental: la caridad no puede llegar al lugar de los hechos volando. Si el coche distrae, lo eliminaremos pronto.

Nunca llegaremos al fondo del problema lingüístico que la existencia de un cajero automático en una esquina donde no hay ni un alma ha provocado, pero sí podemos medir sus consecuencias en grados Richter y desde casa, como nos gusta hacerlo. Y es que esa tarde se acaloró mucho el lenguaje, y los pobres, seguramente rencorosos por no haber recibido la limosna de ese bridge que finalmente no se jugó, usaron palabras febriles. Algunos recurrieron al insulto, que, como bien dice la televisión, descalifica a quien lo usa, y por tres razones.

La primera es que es feo.

La segunda es que el insulto es un acto de fe. Quien dice, por ejemplo, “esa tía es una imbécil” cree con terquedad que la relación entre significante y significado no podrá romperse nunca. Si alguien profirió tales palabras esa tarde de abril, esperaba de corazón que el significado del feo insulto fuera la sexagenaria rubia. Era un acto de constatación, como quien cuenta su salario mínimo para descubrir que es bajo.

La tercera es su potencial peligro. Si un insulto es la expresión de un pensamiento, también lo será un puñetazo o un haiku, o un acelerón que derribe una moto.

Pero no: las motos se desmayan.

Y todo lo anterior, fíjense bien, no es más que un debate de orden lingüístico acerca de una cartera que desaparece. Las demás elucubraciones son, como los improperios de los pobres, salidas de tono sin lógica alguna. Es lo que pasa cuando se rompe el contrato intelectual vigente y los sueldos, en lugar de bajar, experimentan moderaciones en sus desaceleraciones. Se abre la puerta al caos porque la imaginación propia, antes bien ceñidita en su faja pequeña como una funcionaria a sueldo y piñón fijo, de pronto se ha visto libre, loca: externalizada.

Aquella tarde yo estaba leyendo dos libros a la vez, uno con cada ojo. Con el derecho leía La Antorcha, de Karl Kraus, y con el que antaño era el izquierdo leía las memorias de Nadiezhda Mandelstam. Los dos hablaban del lenguaje secuestrado, del ruido y la mentira, y los dos lo hacían como quien, tras el terremoto, coge una piedra y dice: piedra.

Si ustedes son lectores, sabrán de qué hablo. Si son escritores, sabrán que esto es sagrado.

Sostiene Goethe que “todo lo real es ya teoría; los fenómenos mismos son la doctrina”. Pero no se lo tomen muy en serio. Desde cierta tarde de abril, las sexagenarias saben que un atestado policial es una forma de ficción realista, aunque recoja verdades universales como que la cartera es, en cualquier rifirafe, lo último que se suelta.


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