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La saga de los Macintosh

LaraCroft
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Escrito por David Torres

Entre los actores de cine corre un temor considerable a quedarse sin trabajo en un futuro no muy lejano. Ese temor, en parte, está justificado: ya hace tiempo que los actores virtuales han invadido la pantalla de cine. El ordenador, en determinadas películas, tiene más peso que la cámara. Si lo pensamos bien, los entes de ficción no han hecho más que responder a los ataques constantes de la industria, porque ¿no era Lara Croft mucho más indicada que Angelina Jolie para el papel de Lara Croft? ¿Es que no es mucho más acolchada, maciza e intrépida que la actriz que ha usurpado su palmito en las pantallas? ¿Y no era Batman mucho más misterioso que cualquiera de los dobles de carne y hueso que lo han suplantado? A los entes de ficción, ya sean protagonistas de videojuegos, superhéroes de cómics o personajes de novela, les ha llegado la hora de la venganza: tanto tiempo llevan las gentes del cine aprovechándose de ellos que a los actores no les irá mal probar un poco de su propia medicina.

En cierto modo, ellos mismos se lo han buscado, cuando empezaron a proliferar los actores de videojuego, es decir, cachos de carne con ojos que se dedicaban a cepillarse a todo quisque que se les pusiera por en medio. Así nacieron Stallone o Schwarzenegger, replicantes cuya capacidad gestual no iba mucho más allá de una sonrisa pétrea o de un costoso alzamiento de cejas, pegotes de músculos que se movían merced a algún rudimentario mecanismo biológico y cuya misión en esta vida (en esa otra vida que es el cine) consistía en pegar tiros, romper cuellos y tirar para delante con la obtusa determinación de un comecocos. Les sucedieron clones como Steven Segal o Jean Claude Van Damme, es decir, aparatos de interpretación aun más primitivos, pero algo más sofisticados en cuanto a lo de repartir galletas a diestro y siniestro que era, al fin y al cabo, lo que el público pedía.

En cuanto al sector femenino, lo que el público pide y sigue pidiendo, a despecho de Armani y del topmodelismo en general, son fantasías animadas de ayer y hoy, rubias neumáticas tipo Pamela Anderson o morenas carnívoras a lo Catherine Zeta-Jones, mujeres para colgar en el calendario de un taller, entre churretones de grasa, o en las paredes de una bodega.

En el cine del siglo XXI, el ordenador Hal irá apagando a sus progenitores humanos mientras les arropa con una sábana de mercurio y les canta una nana programada. El único consuelo que nos queda a nosotros, espectadores todavía humanos, es que no tarden en llegar los guionistas virtuales y los directores virtuales para intentar sacar a las pantallas algo mejor que esas boñigas estilo Pearl Harbour o Lara Croft. No sé, la epopeya de un salvapantallas o la saga de los MacIntosh.


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