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El señor Pip

Ámbito Cultural

Juan Milá, editor de Salamandra, me habló por primera vez de “El señor Pip” en una fiesta celebrada durante la pasada Feria del Libro de Madrid. Más que la historia, me describió el éxito que había cosechado la novela y a su autor, Lloyd Jones, un desconocido escritor neozelandés a quien el triunfo llegó de la mano de este libro. Milá no quiso anticiparme nada sobre el argumento del señor Pip “no es fácil de contar; hay que leerlo, pero tendrás que esperar unos meses”. Como uno siempre desea lo que en ningún modo puede conseguir, recuerdo que en aquel momento hubiese querido abandonar la fiesta y a cuantos me acompañaban para encerrarme en casa con “El señor Pip” entre las manos, y desentrañar el misterio que acababa de formularse ante mí.

Como todo llega, el otro día la editorial Salamandra me envió un ejemplar del libro de Jones, y me lancé en brazos de esa lectura como uno se zambulle en todos los placeres aplazados: con cierta ansiedad, con cierta prisa.

Fue un error: “El señor Pip” es un libro que hay que leer con calma, paladeándolo tranquilamente, como leíamos los libros de nuestra infancia. El que, como yo, entre en la historia de la mano de Matilda, la joven narradora de esta fábula entrañable, descubrirá un libro conmovedor, emotivo y simplemente hermoso. El argumento del libro no es tan intrincado como me hizo creer su editor, con el inteligente propósito, supongo de espolear mi curiosidad: una pequeña isla del Pacífico vive inmersa en una desoladora guerra civil. Un día, el señor Watts, el único hombre blanco de toda la aldea, decide reabrir las puertas de la escuela e inicia con los alumnos su particular labor de aprendizaje. Para mantener su atención, el señor Watts empieza las lecciones con la lectura de “Grandes Esperanzas”, de Dickens, y Matilda, la narradora, se sentirá instantáneamente fascinada por el personaje de Pip. Con el trasfondo de la guerra, de los hombres huidos, de la guerrilla, del miedo, del fantasma de la escasez y la pobreza absoluta, la historia va dibujando ante nosotros un universo dolorosamente real, cuya única vía de escape será la sabiduría, el conocimiento, la imaginación… y la lealtad, incluso entre quienes se consideran enemigos.

La novela está narrada con la sencillez de un cuento infantil, pero también cargada de poesía y reflexiones hondas, como cuando la niña nos cuenta la alegría que siente el pueblo entero cuando, tras ser arrasado por los soldados, descubren que una barca de pesca permanece intacta: “nos abalanzamos sobre las redes y los aparejos como los regalos que eran. Estas eran victorias importantes en nuestro intento por sobrevivir”.

Novela de construcción, de aprendizaje, de iniciación. “El señor Pip” es, ante todo, un bello homenaje al asombroso valor, a la fuerza extraordinaria de la ficción, y así explica la protagonista como la lectura de “Grandes esperanzas” cambió su vida: “se ha tratado del único libro que me regaló un mundo nuevo en un momento de desesperación. En Pip encontré un amigo. Me enseñó que puedes ponerte en la piel del otro con la misma facilidad que si fuera la tuya, incluso si esa piel es blanca y pertenece a un niño que vivió en la Inglaterra de Dickens. Si eso no es un número de magia ¿qué es entonces?”

Si aún quedan dudas a alguien sobre por qué leer “El señor Pip”, yo ya no puedo hacer más.


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Marta Rivera de la Cruz

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