Críticas

Ante la silla eléctrica

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Escrito por David Moreno

Con la rapidez impropia de un oficio que requiere la paciencia del mejor artesano para perfilar un producto perfecto, John Dos Passos se embarcó en la cruzada de salvar a Sacco y Vanzetti, dos anarquistas italianos condenados por asesinato a través de “Ante la silla Eléctrica”.

Codo con codo con el Café Tu-o-Tu; compartiendo una fachada de ladrillo en una típica two stories house en el prestigioso barrio de Georgetown, en Washington DC; con un gran ventanal y una discreta puerta de color verde oxidado a la que se accede subiendo dos o tres escalones de aspecto irregular, se encuentra la librería Bridge Street Books. Tenía un poco original anzuelo en forma de mesa con un montón desordenado de libros a precio de saldo y, aunque no voy a negar que ya llevaba en la mano Amigos absolutos cuando me puse a hablar con el librero, era otra mi intención inicial al entrar en aquella modesta tienda de libros.

– Perdone, me dispongo a cruzar Estados Unidos en un viaje que me llevará aproximadamente tres semanas, y querría saber si usted me puede recomendar algún clásico de la literatura americana para tener algo de lectura durante este tiempo.

Los libreros, los de librerías pequeñas, suelen ser personajes introvertidos y algo huraños. Parecen apreciar tanto su mercancía que actúan con un desdén impropio de alguien que quiere venderte algo.

– ¿Usted ha leído a Dos Passos? ¿John Dos Passos?

 

El 23 de agosto de 1927, Ferdinando Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti fueron ejecutados por electrocución en la prisión de Charlestown, Massachusetts, tras ser juzgados y sentenciados por el robo a mano armada y asesinato de un vigilante de seguridad y un empleado del gobierno en 1920 en South Braintree, MA. En uno de los procesos más polémicos y controvertidos de la historia judicial estadounidense, estos dos inmigrantes italianos, anarquistas confesos, se convirtieron en el chivo expiatorio que pretendía escarmentar un movimiento obrero que, alentado principalmente por inmigrantes, se desarrolló en Estados Unidos en la segunda década del siglo pasado.

En 1926, John dos Passos era ya un escritor de reconocido prestigio gracias al éxito de su novela Manhattan Transfer y, al igual que muchos intelectuales del momento – Albert Einstein, Bertrand Russell, Marie Curie, Thomas Mann, entre otros – se rebeló contra una condena que consideraba injusta. Con la rapidez impropia de un oficio que requiere la paciencia del mejor artesano para perfilar un producto perfecto, se embarcó en la cruzada para salvar a estos dos italianos a través de un libro, Ante la silla eléctrica, cuya redacción febril y urgente no menoscaba la excelencia de un texto en el que documentación y relato se entremezclan de un modo que se consolidará más tarde en la celebre Trilogía USA.

Pese a declarar que no intervendrían en la I Guerra Mundial, el Presidente Woodrow Wilson cede a las presiones internacionales e involucra al país en la contienda que presenta como una urgencia nacional, apelando al sentimiento patriótico para ganar adeptos a la causa. Pese a que los Estados Unidos se afianzaron como la primera potencia mundial después de firmarse la paz, una parte importante de la población, siempre se opuso a esta guerra. Es la época del «Delirio Rojo», o la utilización interesada del pánico que, ciertos ataques llevados a cabo por anarquistas contra el Fiscal General Palmer y otros funcionarios del gobierno, produjeron entre la población. Determinados jueces y fiscales, transformaron «los miedos y la desconfianza inconsciente del ciudadano medio ante los extranjeros, en una gran cruzada de odio contra rojos, radicales y opositores de todo tipo».El autor lo explica: «se creó de un estado de ánimo tal entre los ciudadanos biempensantes que en cuanto percibían un toque de ajo en el aliento de un hombre aceleraban el paso por miedo a ser apuñalados».

Por aquella época, Dos Passos acababa de volver de París, donde se había instalado tras una I Guerra Mundial en la que había trabajado como conductor en el servicio de ambulancias del ejército norteamericano. De vuelta a casa Dos Passos observa la dramática fractura de una nación dividida entre una oligarquía en el poder y una masa obrera que se muere de hambre: «all right, we are two nations», dice en el famoso extracto, Camera Eye 50 de El gran dinero.

Este es el contexto en el que Dos Passos se pone a escribir una obra complicada, cuyas primeras páginas tratan de hacer saltar por los aires la credibilidad de un poder judicial prevaricador a partir del testimonio de unos testigos que parecen sacados de una novela de John LeCarré. Debido a la testarudez con la que los inculpados proclaman su inocencia, la Fiscalía no duda en infiltrar agentes encubiertos en la cárcel con el objetivo de obtener una confesión de los procesados. Los problemas para satisfacer algunas deudas contraídas con estos empleados – Roma no paga a traidores, debieron de decirles -, es lo que terminará haciendo saltar por los aires esta fanática y xenófoba conspiración.

«Al otro lado de la sala hay un viejo sentado en una silla, un hombre grueso en forma de pera, las manos colgando flácidas a ambos costados, los ojos cerrados, el rostro ajado como una pila de periódicos húmedos. Por fin, Sacco ha salido de su celda». Dos Passos dice que «los hombres que llevan una temporada larga en al cárcel adquieren una peculiar inmovilidad bajo los ojos». Él mismo tuvo la ocasión de comprobarlo cuando visitó a Sacco en la prisión de Deadham y a Vanzetti en la estatal de Charlestown. Los describe como pájaros enjaulados, los compadece en su rutina diaria de la cárcel. Hemos llegado a la mitad del libro y la lucha política e ideológica, el intento de desmantelar una conspiración judicial da paso a una historia de dos individuos luchando contra la injusticia. El libro comienza a acercarse a nuestro corazón. Cualquier víctima de un delito espera ver resarcido el menoscabo de sus derechos mediante la impartición de Justicia por parte del Estado: «Lo único que pido es que se haga Justicia», imploramos. Y se lo pedimos al Estado, al garante de nuestros derechos a través de un pacto social que se remonta al inicio de la civilización. ¿Y qué pasa cuando es el propio Estado el que genera la Injusticia? ¿a quién podemos apelar?

Nicola Sacco tenía mujer y un hijo llamado Dante; Bartolomeo Vanzetti había trabajado en una fábrica cordelera en North Plymouth, de la que habían despedido por promover una de las primeras huelgas exitosas del país. Nunca sabremos si Sacco y Vanzetti cometieron ese asesinato pero, a la luz de la literatura que se ha escrito sobre este proceso, su culpabilidad no fue probada más allá de toda duda razonable. Se han hecho películas y documentales sobre un suceso cuya vigencia ha sido periódicamente revisada. Ennio Morricone compuso una banda sonora memorable en una de estas películas, en la que la cantante Joan Baez interpreta una de sus baladas más conmovedoras. Incluso en uno de los capítulos de Los Soprano se mencionan los nombres de Sacco y Vanzetti.

Tanto marcó el suceso a Dos Passos que, mucho tiempo después, “cuando ya había culminado su viraje ideológico desde posturas comunistas hasta la corriente más conservadora del partido republicano, seguía creyendo en la inocencia de Sacco y Vanzetti, y siguió sintiendo la admiración que despertaron en él estos hombres.”

El invierno de 2007 en Washington DC fue muy frío y con frecuentes nevadas. Sin un trabajo al que acudir por las mañanas, compartí mis últimos días en la capital de los Estados Unidos acompañado del publicista J. Ward Moorehouse y de la decoradora Eleanor Stoddard, protagonistas, entre otros, de Paralelo 42, el primer tomo de la Trilogía USA. Nunca hice ese viaje que tenía planeado al oeste. Y nunca me he arrepentido.


Ante la silla electrica

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Autor: John Dos Passos
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