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La soledad de los números primos

En esta última temporada en que he pasado demasiado tiempo en trenes y aviones, mis lecturas han sido bastante desordenadas, y en la selección ha tenido mucho más que ver el peso del volumen – esencial cuando uno lleva equipaje de mano – o la casualidad – si la maleta se hace a oscuras, uno echa en ella el libro que tiene más cerca – que criterios exclusivamente literarios. Empecé “La soledad de los números primos”, de Paolo Giordano, a bordo de un avión que cruzaba el Atlántico. Mi intención era dedicar la siete horas de vuelo que separan Madrid de Nueva York a “Un ángel en mi mesa”, de Janet Frame, pero una azafata intransigente me obligó a facturar la maleta que pensaba llevar conmigo en el avión, y con ella se fue a la bodega la novela que había elegido como compañera de viaje. Así pues, incómodamente embutida en mi asiento de turista, abrí “La soledad de los números primos” desde el estúpido prejuicio que nos pone en guardia contra los libros más vendidos: Giordano lleva semanas encaramado en los puestos más altos del ranking en Italia, donde ha conseguido más de un millón de lectores, y amenaza con colonizar durante meses las listas españolas y de otros veintitrés países donde será traducido. Así que sumen a los prejuicios una buena dosis de envidia cochina, y entenderán con qué actitud abrí la novela publicada por Salamandra. Sólo necesité unas cuantas páginas para entender porqué algunos libros se convierten en un éxito al margen de campañas de promoción y artificios del marketing. Paolo Giordano ha escrito una historia hermosa hasta las cachas, capaz de desafiar críticas y hasta las temibles turbulencias que alborotan la lectura en los vuelos nocturnos.

Resulta difícil creer que el autor de esta obra maestra tenga sólo veintiséis años, que sea licenciado en física teórica y que se haya enfrentado por primera vez a la literatura con “La soledad de los números primos”. En la foto de la solapa, Giordano parece un inofensivo estudiante afectado por el mal incurable de la timidez, un amante desolado o un pobre niño triste. Cualquier cosa menos un pequeño genio de las letras que ha llegado a conquistar a los mismos lectores a los que llevo años rondando con éxito irregular. Sé que mi editora me estrangulará por escribir esto cuando yo misma acabo de publicar una nueva novela, pero soy lectora mucho antes que escritora, así que dejen lo que estén haciendo y vayan a darse un chapuzón de belleza en el libro de Giordano.


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Marta Rivera de la Cruz

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