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Así fue: “Soy poeta, no poetisa”: Taller de poesía #LDeLírica

«Jamás busqué refugio bajo cielo extranjero»

“Soy poeta, no poetisa”, escribió Marina Tsvietáieva a su amigo y académico Yuri Ivask en 1934 a modo de reivindicación. Desde principios del siglo XIX, la poesía escrita por mujeres se consideraba casi exclusivamente como si no fuera más que una serie de notas amorosas. Pero las dos poetas más importantes del siglo XX en Rusia, Tsvietáieva y Ajmátova,  abandonaron esta categoría y entraron en lo que se consideraba el “mundo serio” de las letras.

Partiendo de esta premisa, Gonzalo Escarpa nos va a pasear por la vida de una serie de mujeres rusas que destacaron por su creación poética, pero también por sus vidas épicas y desesperadas. Biografías impactantes y textos repletos de simbología. Auténtica expectación la de este Taller que hoy cuenta con espectadores de excepción, como es la Embajada Rusa y la Fundación Pushkin. Arranca Gonzalo con una poderosa fotografía de Anna Ajmátova. Los textos dedicados a ellas superan los suyos propios y ha sido fotografiada infinitamente. «Su sola mirada te cortaba el aliento», o «mirando sus labios, podías oír su voz», declaró Mandesltam. Como viene siendo ya habitual, su familia no la apoyará en la escritura y su primer marido tampoco. Se casará tres veces. Imagen absoluta de una mujer de carácter libre «somos una pandilla de desesperados», se definirá así junto a su círculo literario. A pesar de sus orígenes aristócratas, pasará veinticinco años de pobreza. Llega a ser propuesta para el Premio Nobel y… aquí viene el redoble de tambores, fruto de la investigación de la “Agencia de Detectives Literarios” que nos trae Gonzalo: La poetisa Ana Ajmatova conoció a Amadeo Modigliani en la primavera de 1910  cuando llegó con su marido, el poeta acmeísta Nikolai Gumiliov a Paris en su luna de miel.  Se vieron varias veces y después de su regreso a Rusia no dejaron de cartearse. Se convertirá en su musa y él la pintará en varias ocasiones.

Sin llegar a tener problemas políticos, contará con un expediente de la policía rusa de 900 páginas. La paradoja estaba en que Stalin mostraba mucho interés a la creación poética y sabía qué fuerza podían tener estos acmeístas, pero al mismo tiempo, la represión cultural la impidió publicar. Anna memorizará sus poemas y los quemará. Conseguirá que un círculo de amigos los memorice y publicará a través de la memoria de ellos.

Al final de su vida, perderá su miedo y creará sus dos grandes obras: “Réquiem” y “Poema sin héroe”. Mientras hacía cola junto a la prisión de Leningrado para informarse acerca del estado de su hijo, detenido sin causa alguna durante el régimen stalinista, Anna Ajmátova conoció a una mujer en una situación similar a la suya, que le preguntó si sería capaz de contar lo que estaba ocurriendo. «Puedo», respondió Anna. Tiempo después veía la luz su «Réquiem». Nos despide Gonzalo de esta grande de las letras rusas con un archivo de su propia voz recitando unos versos durísimos: «mi palabra presagió la pena de sus tumbas».

Dejamos a esta “Anna de todas las Rusias” para acercarnos a otra vida de sufrimiento pero también de maravillosa creación poética. Hija del fundador del Museo Pushkin de Moscú, Marina Tsvietáieva es una de las famosas poetas suicidas. También de familia acomodada, aunque conocerá la extrema pobreza muy pronto, tanto, que hasta su propia hija se tendrá que ir a un orfanato. Sube a la fama muy joven pero es reprobada oficialmente. Después de pasar catorce años en Francia, volverá a su patria y acabará suicidándose.

Antes de despedirnos de esta gran escritora temeraria, Gonzalo nos recomienda apasionadamente esta obra: Cartas del verano de 1926 Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak, Rainer Maria Rilke (edit. Minúscula).

Es de tal intensidad y complicación la vida profesional y personal de estas mujeres que el paseo se nos hace corto y aún queda por visitar la vida de Olga Bergholz, quien fue conocida por su trabajo en la radio durante el Sitio de Leningrado. Se trata de historias que oscilan siempre entre la libertad y la persecución. Gonzalo nos rescata un par de curiosidades de esta mujer de gran personalidad: tiene un cráter en Venus y un planeta.

Y nos despedimos de este maravilloso Siglo de Plata de la Poesía Rusa con otra voz que terminará suicidándose con la caída de Rusia, Julia Drúmina. Esta joven judía que se hace enfermera voluntaria con apenas 16 años nos dejará imágenes tan brutales como este verso: «no desciendo de la infancia, sino de la guerra».

 

Sobre el autor

Mila Valcárcel

Mila Valcárcel

Milagros Valcárcel es coordinadora de la sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Callao.

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