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Stephen King contra Juan Rulfo, por Javier Puebla

Javier Puebla
Escrito por Javier Puebla

Dos monstruos de la literatura, dos inmortales, absolutamente opuestos en teoría pero que en ocasiones comparten estudio o artículo por estar en los dos extremos de la producción literaria: dos libros publicados contra setenta. ¿Es mejor uno que otro? ¿Más grande uno que otro? Muchos lectores y estudiosos afirmarían inmediatamente que sí.

-Stephen King es superior a Rulfo.

-Rulfo es muchísimo mejor que King.

Ambas afirmaciones son ciertas porque la literatura no es un deporte de competición, no es como los cien metros lisos, que alguien consigue correr en menos tiempo que otro, y tampoco como un partido de fútbol donde gana quien mete más goles en la portería contraria.

Compararlos, ponerlos frente a frente, resulta interesantísmimo no tanto por el número de obras, que a ambos les ha hecho famosos en un extremo u otro, sino por su modo de entender la literatura. En un principio un lector exquisito diría que Rulfo hace literatura, auténtica literatura, y King productos comerciales. Pero no es exacto, Rulfo vendió muchos libros y sigue vendiéndolos, y King va mucho más allá del producto comercial, porque también hace literatura: Dolores Clairbone es un tour de force alucinante tanto técnica como estilísticamente, sólo permite que aparezca una voz, una única voz de mujer, en toda la narración, y el lenguaje es casi tan sofisticado como el de Pedro Páramo.

Y digo casi porque Stephen King es fácil de digerir siempre, incluso en Dolores Clairbone, y Juan Rulfo es arduo, requiere esfuerzo y voluntad por parte del lector. Eso es lo que más nos interesa resaltar aquí. Un escritor que te deja el trabajo hecho, la comida ya masticada para que tú sólo tengas que tragar (King), y otro que la presenta como pinches piedras correosas que parece van a destrozarte la mandíbula (Rulfo).

Se dice que el Ulises de Joyce es el libro que más personas han empezado sin conseguir acabarlo (en las bibliotecas el primer volumen suele estar sobadísimo y el segundo sin apenas estrenar), pero Rulfo no le va muy a la zaga. Confieso, con humildad pues no es para presumir de ello, que intenté leer Pedro Páramo tres veces entre mis veinte y treinta y cinco años y ninguna fui capaz de terminarlo; ni de terminarlo ni de entenderlo con claridad, apenas sabía lo que estaba leyendo.

-Culpa tuya -me dijo el menor de los Lago, Rojo Lago o José Antonio Lago.

Entonces me arremangué y decidí leerlo o morir en el intento. Wow, qué pedazo de libro señoras y señores, es tan bueno, es tan alucinante y original…, tiene expresiones que jamás ha utilizado ningún otro autor, amontona las palabras o las rompe o las estira o las repite como si fuera tonto e indocumentado, logrando una música tan imposible como perfecta. Por supuesto tuve que masticar despacio las sílabas, muy despacio, aprender a saborearlas, permitir que el eco de un sabor de la página cuatro hiciera sublime otro de la veintiséis. Pedro Páramo -ahora puedo afirmarlo- es buenísimo, y se lo recomiendo a cualquiera que esté dispuesto a masticar y hacerse daño en los dientecitos blandos del cerebelo.

Pero Stephen King… Stephen King es incomparable, te quedas boquiabierto, llegas a casa en mitad de una tormenta en el trabajo y lo único que te salva es seguir leyendo el libro de King que tienes a medias, todos los problemas desaparecen: te vas a zampar las seiscientas páginas tan rápido como puedas aunque no seas un lector de tochos ni lo hayas sido jamás. Y eso lo consigue con un libro tras otro: La Zona Muerta, Misery, Carrie, Mister Mercedes, Ojos de Fuego, El Resplandor… Siempre o casi siempre lo consigue: prepara para el honesto lector que se ha gastado diez pavos (europeos) en la edición de bolsillo o veinte en tapa dura, un producto hipnótico que borrará de su cabeza cualquier problema relacionado con la simple realidad.

Técnicamente King está lleno de trucos o recursos probadamente eficaces, en Rulfo no hay trucos ni recursos, y al mexicano le daba igual -en teoría- vender cien ejemplares o varios millones porqué él vivía también de otras cosas. Rulfo no era en principio un profesional, no vivía sólo de escribir. King sí, por supuesto, vive de escribir desde muy joven y únicamente la Rowling ha vendido más novelas que él.

Pero ambos son escritores. Escritores de verdad. Ambos aman lo que hacen. Ambos han aportado a la literatura historias inolvidables. A Rulfo le dedicó Monterroso una de sus bonitas fábulas: El Zorro, a Stephen King aún no le han dedicado ninguna fábula maravillosa, pero se la merece igual.

Por lo tanto, este combate entre el oso de Maine y el tigre de Jalisco termina con un empate a los puntos, y un aplauso por nuestra parte. Escribir de verdad no es nunca simplemente un oficio, es necesario algo más: alma. Alma. Una palabra tan difícil de comprender como de utilizar.


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