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Tolstói o el otro

murió Lev Tolstói en la estación ferroviaria de Astápovo, donde se había detenido, enfermo, tras escapar de su hogar la noche del 9 de noviembre
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Escrito por Rafael Reig

El 20 de noviembre (calendario actual) de 1910, a las seis de la mañana, murió Lev Tolstói en la estación ferroviaria de Astápovo, donde se había detenido, enfermo, tras escapar de su hogar la noche del 9 de noviembre. El jefe de estación le había prestado al anciano escritor y gloria nacional un par de habitaciones en su propia casa.

Existe una tristísima foto en blanco y negro en la que se ve a Sofía Andréievna, la mujer de Tolstói, asomada desde fuera a la ventana, de puntillas sobre la nieve, intentando ver a su marido, que se negó a recibirla. Sofía (a la que Lev llamaba Sonia) lleva un largo abrigo y un pañuelo en la cabeza, como una abuela de pueblo, y parece que está quitando con la mano escarcha del cristal. Da tanta pena imaginar al despótico Tolstói, casi agonizante, negándose a recibir a la mujer con la que había estado casado durante casi cincuenta años que, en la película, le echan la culpa a Chertkov, su fiel admirador. La realidad, al parecer, fue más áspera: el testarudo anciano se mantuvo en sus trece y Sonia sólo pudo entrar cuando el agonizante ya estaba comatoso.

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Es la misma escena que recrea a todo color la película La última estación, de Michael Hoffman. Para conmemorar el aniversario, hace cien años, de la muerte de Tolstói, recomiendo verla y leer a continuación sus Diarios. Se enriquecen mutuamente.

La película tiene un doble interés. Por una parte, biográfico. Por otra parte, cinematográfico. Como biografía, por lo que yo sé, es fiel a los hechos conocidos y dibuja con fuerza la figura del autor. Como película es una conmovedora historia de amor, de un amor que, como el musgo, sigue creciendo en la roca, inesperado; reaparece entre las piedras frías y duras del egoísmo, el miedo y el interés: es ese “amor de muchos días” del que hablaba Jorge Guillén.

Los lectores (al menos los no especialistas) habíamos recibido siempre la imagen difundida por el propio Tolstói: el gran escritor asediado por una mujer histérica, incapaz de comprenderle, aferrada a sus mezquinos intereses materiales y dispuesta a hacerle la vida imposible por todos los medios. Como quien retrocede un poco y se aleja para ganar perspectiva, a mí la película me ha servido para que aparezca una imagen algo diferente, sobre todo gracias a la maravillosa interpretación que Helen Mirren hace de Sonia.

El malo de la película es Chertkov, el fiel discípulo que manipula al maestro, el de corazón frío y cálculo rápido. Convertir a Chertkov en el culpable permite a Michael Hoffman salvar a Tolstói y, al mismo tiempo, a Sofía Andreievna, y yo creo que es una sabia decisión: los dos tenían razón y los dos la perdían en la refriega. La vida de la pareja se nos presenta a través de un testigo que intenta mantener la neutralidad, el joven secretario de Tolstói, Bulgákov (que no es el famoso escritor). Como es una película y los protagonistas son ya mayores, el personaje de Bulgákov y una novia que le ponen proporciona la inexcusable escena de cama (muy agradable de ver, por cierto).

Tras ver la película volví a los diarios de Tolstói. Puede, en efecto, que Sonia fuera insufrible, pero no menos pelmazo era él y sin duda mucho más cabezota. Al final de su vida parecía convencido de ser un enviado de Dios y su rigidez moral (presente desde su primera juventud) se ha convertido ya en un hierro oxidado que rechina sin parar y contra el que tropiezan y se golpean a todos los que le rodean. Por si fuera poco, ahora es una figura de fama mundial que cuenta con un “movimiento tolstoyano” y con una corte de aduladores que anotan como evangelistas todas sus palabras.”¿Por qué anotáis todo lo que dice? ¿Creéis que es Jesucristo?”, afirma en la película Sonia, para añadir a continuación, hablando como para sí misma, entre resignada e irónica: “Él sí que lo cree”.

En eso llevaba algo de razón Sonia: al final de su vida se había dejado persuadir de su propia importancia y de que tenía una misión que cumplir, esa clase de “sagrada misión” a la que uno puede sacrificar sin escrúpulos todo lo demás. Consideraba más urgente dirigir, desde su púlpito de Yásnaia Poliana, una carta “a los jóvenes checos” que atender a su propio hijo. Seguía siendo, como toda su vida, un estricto puritano con intermitencias salvajes de lujuria, soberbia y mal humor, seguidas de arrepentimientos abrumadores, golpes de pecho y propósitos de la enmienda poco duraderos, pero muy teatrales.

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Es una película (y buena) así que, como es natural, las ideas de Tolstói aparecen simplificadas y reducidas a dos simplezas, casi chascarrillos: el odio a la propiedad y la exaltación del amor. All you need is love, es el único mensaje telegráfico, así de fácil, como si fuera John Lennon.

La visión exterior, a través de Bulgákov, sin embargo, nos permite dudar de la capacidad real del escritor para amar, no en abstracto, sino a diario y a las personas con las que convivía. Él mismo deja abundantes testimonios de su mal genio, su cólera, su incomprensión de las necesidades ajenas y su egoísmo disfrazado de sacrificio y entrega a una gran causa. “La abnegación es la peor forma de egoísmo”, escribió quien de sobra sabía de qué pie cojeaba.

Como muchos grandes, Tolstói sucumbe al final a la adulación: acaba creyéndose portador de una verdad revelada, el apóstol de un mundo nuevo.

Sin embargo, como refleja la película, su grandeza está en que él mismo se rebela contra el propio Tolstói. Así anotó en su diario: “Qué bueno, qué necesario y útil es, al adquirir conciencia de todos los deseos que se manifiestan, preguntarse: ¿de quién es este deseo, de Tolstói o mío? Tolstói quiere condenar, pensar mal de NN, pero yo no quiero. Y si fuera capaz de acordarme de esto, me acordaría de que Tolstói no soy yo […]Basta con preguntarse: ¿Qué quiero yo? Y todo se resuelve y Tolstói se calla. Y que tú, Tolstói, quieras o no quieras esto o lo otro, es asunto tuyo”.

Dos días después, el 11 de abril de 1909, admite: “Tolstói está teniendo predominio sobre . Pero se equivoca. Yo, yo, sólo yo existo, y él, Tolstói, es un fantasma, un fantasma asqueroso y ridículo”.

Creo que la película escenifica en parte este conflicto y lo resuelve haciendo que Tolstói pierda la batalla y salga victorioso el ser humano. Consiguió liberarse, por tanto, de la más incómoda de sus propiedades: la de la propia identidad. Y ello a pesar del exceso de decoro en la actuación de Christopher Plummer. Si Helen Mirren está excepcional, Plummer calza coturnos para interpretar al “gran genio universal”: ni siquiera se despeina una sola vez en toda la película, cuyo metraje atraviesa con el mismo aplomo, la misma severa dignidad y el mismo carácter firme e impasible, mientras Mirren logra mostrarnos a una Sonia desmadejada, indefensa, dubitativa y a menudo víctima de sí misma.

Yo creo que Tolstói también merecía un tratamiento semejante, porque, como él mismo dice, él era dos personas y estaban en guerra la una contra la otra.

Una era Tolstói, que es el que interpreta Plummer. Otra era él: un hombre capaz de hacer el mal, pero también de arrepentirse; un tipo a menudo débil y con un carácter atrabiliario y difícil, un vanidoso que sabía que llevaba el disfraz más taimado de todos: el de la humildad evangélica.

Fechada pocos días antes de su muerte, leemos en su diario esta anotación concisa y melancólica: “Qué cosa tan curiosa: yo me amo, pero nadie me ama.
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Me pregunto quién la firmaría: ¿Tolstói o el otro?


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