Escrito por

Tres minutos con una mariposa

Werner Herzog
Avatar
Escrito por David Torres

Se quejan en Cannes de que Herzog presenta un dos por uno y todo queda en agua de borrajas. Sabían a lo que se exponían. Hay artistas que son orfebres, fabricantes de joyas, arquitectos de cajas chinas, y hay artistas que son fuerzas de la naturaleza, tan imprevisibles como una tempestad o una mariposa. Entre éstos, Werner Herzog es, tal vez, el último de una raza de cineastas visionarios, el producto final de una raza en extinción, una estirpe que, en sus mejores días, nos dio a Erich von Stroheim, a Orson Welles, a Luis Buñuel, a Ingmar Bergman y a Akira Kurosawa. El cine de Herzog puede no gustar; de hecho, es cualquier adjetivo que se les ocurra excepto comercial, pero, cosa extraña, tampoco es cine intelectual tan al gusto de ciertas escuelas de autor europeas, irremediablemente pedantes, charlatanas y casi siempre danesas o francesas. En las mejores películas de Herzog, el cine vuelve a sus orígenes, a sus raíces visuales, no narrativas, no explicativas, y el instinto de ver, de mostrar, inunda entonces toda la pantalla: la montaña brotando de la niebla como una alegoría del Génesis en el plano inicial de “Aguirre, la cólera de Dios”; los pozos de petróleo del desierto incendiando la tierra y el cielo en su documental sobre la guerra del Golfo; el barco de vapor varado en medio de la selva en “Fitzcarraldo”; el primer plano del oso salvaje en “Grizzly Man”.

De entre todos esos panoramas salvajes, torturados o grandiosos, el rostro de Klaus Kinski, el actor fetiche que acompañó a Herzog en cuatro películas, emerge como si se tratara de otro paraje natural más, salvaje y torturado y grandioso, con sus ojos alucinados y su mueca de asco: otra fuerza de la naturaleza, tan instintiva y tan imprevisible como la propia mirada de Werner Herzog.

El imprevisible director alemán convocó el fantasma de su amigo muerto en “Mi enemigo íntimo. Klaus Kinski”, un documental sobre la figura del actor que indaga en las turbulentas relaciones de amor y odio que hubo entre ambos. Herzog subraya la megalomanía de Kinski, casi tan grande como la suya propia; sus ataques de furia, inesperados y terribles -uno de los cuales le dio encerrado en un baño, duró dos días con sus noches y, al terminar, no quedaba nada que Kinski no hubiese destrozado, desde la taza del retrete hasta el lavabo, cuyos cascotes fueron minuciosamente pulverizados hasta que pudieron “colarse a través de una raqueta de tenis”-; su insoportable histrionismo y su no menos insoportable egoísmo, que le llevaban a ser el centro de atención estuviese donde estuviese.

Entre toma y toma, vemos a Kinski liándose a sablazos con los extras en “Aguirre”, insultando hasta la extenuación a uno de los ayudantes de producción, imitando a Cristo en una parábola desenfrenada e infame. Pero también descubrimos su faceta caballeresca, su exquisito trato con las actrices, su sonrisa, casi angélica, amaneciendo a través de sus facciones de ogro. Al final, entre el recuerdo emocionado de Herzog, uno de esos planos maravillosos que sólo el instinto de un gran artista puede robar al tiempo: Klaus Kinski de pie, sonriendo, jugando durante tres increíbles minutos con uno de los seres más livianos, misteriosos y huidizos de la creación, una mariposa que vuelve a sus dedos, a su cara, a su cuello, una vez y otra, alegre y confiada, como si quisiese enseñarnos que en el fondo Kinski no es tan malo, o como si Kinski fuese una gran flor amarilla y la mariposa supiera que toda la violencia y la rabia del ser que ahora acaricia sus alas no es nada más que viento y agua.


Valora la calidad de este artículo

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (Ninguna valoración todavía)
Loading...

Sobre el autor

Avatar

David Torres

Escribe tu comentario

Send this to a friend