Críticas

El zoo trágico, de Lidia Zinovieva-Annibal

el zoo trágico
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Escrito por Pablo Chul

¿De qué exactamente trata esta novela que se lee en ascuas? Tenemos una narradora, Vera, que trae ante nosotros una sucesión de escenas de infancia. Es Rusia, antes de la revolución, y estamos en el campo, donde la naturaleza, al mismo tiempo reflejo y reverso del comportamiento humano, se manifiesta. Y en este mundo que Vera observa, Vera resucita a una niña que resucita un tiempo pasado y presente a la vez: de una frase surge una evocación que tendrá un eco más adelante; de una imagen ha nacido otra. Vera no es adulta: crecer no significa haber entendido más de lo que vio entonces, de lo que vemos nosotros al leer “El zoo trágico”.

Pues esta novela, como otras obras de principios del siglo XX, revela que el psicologismo aplicado a la literatura se había transformado entonces en algo muy distinto: ya no un instrumento de caracterización necesario para hacer avanzar la trama sino un fin en sí mismo. Vera ve, nosotros leemos: una novela puede sostenerse sobre el dibujo de una percepción, y la vida perpleja de una niña se desarrolla ante nosotros. Son fogonazos.
Los oseznos, el monstruo, los mosquitos, la garza, el burro, la madre, el deseo, la crueldad, la muerte: nada aquí parece haber sido filtrado por una Vera adulta que edite sus memorias con certeza y calma. Aquí el pasado vive y los verbos han pasado de un imperfecto que rememora a un presente o un futuro sin tiempo. Aquí los años no hacen eco en otros años, no enseñan. Diríase que Vera, ya mayor, no podrá ser muy distinta de la niña que observa y actúa con idéntico arrobo:
“Tenía un deseo. Deseaba un látigo. Un látigo que pudiera fijar en la parte delantera del carro pequeño. Mi deseo nació una vez que acostumbré a Ruslán a tirar del carro, y lo cogía para ir a ver a la enfermera del pueblo, de quien estaba enamorada. Fue difícil acostrumbrar a Tuslán al carro, una gran victoria. El combate cuerpo a cuerpo resultaba en una lucha desigual; eso quedó claro después de que tuviera que arrastrarme para salir del carro volcado y de la zanja al borde de la carretera abandonada, entre agonías y enfadada con el testarudo asno”.
Lidia Zinovieva-Annibal escribió esta novela en 1907, cuando el siglo nuevo se definía y la modernidad cambiaba de traje pero no de esencia: los libros de Chejov, Galdós, Henry James dejan paso a los de Bulgakov, Bieli y Proust. De pronto, sabíamos menos acerca de nosotros mismos. De pronto, el tema era el ojo que, sin lenguaje, se había quedado sin objeto donde posarse. De pronto, la mente era un instrumento preciso pero fallido. Estamos en el oscuro siglo de la sospecha, de la incertidumbre.
Vladímir Aly traduce al castellano esta obra hecha de conexiones, de redes y de imágenes. Su prosa es, como suponemos la de la autora, meticulosa y, al mismo tiempo, tentativa. Cada palabra, como sucede en la infancia, se usa por vez primera. El burro, los oseznos, la madre, el campo tal vez podrían tener, a falta de algo mejor, otro nombre. Y como ellos, el mundo, cuya brutalidad se inflige a las víctimas de relaciones que no se entienden, que no se entenderán. El lenguaje casi provisional de Vera vuelve a unas preguntas que tal vez nunca desaparecieron. Se posa, pregunta, tantea, revela.


El zoo trágico

El zoo trágico
Autor: Lidia Zinovieva-Annibal
Páginas: 271
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