Escrito por Relatos de verano

Susarón, relato de Juan Carlos Vázquez

Juan Carlos Vázquez

El verano es la patria de la adolescencia, pero hasta la patria más próspera necesita sus pequeñas tragedias.

Damián llevaba enamorado de Adela desde sus primeras vacaciones en la casa de los abuelos en Cofiñal, cuando sus miradas se cruzaron mientras todos chapoteaban en la poza. Los chopos, los fresnos, los sauces y los alisos guardaban la intimidad de aquel recodo del Porma y la luz que conseguía colarse entre la frondosidad del soto tejía lentejuelas sobre las cantarinas aguas del río recién nacido. Un sol así solo visita esas tierras por julio —y eso con suerte—, pero cuando llega parece que quisiera descargar en un par de semanas el calor de todo el año.

Las aguas heladas del río, que habían sido nieve muy poco tiempo atrás, constituían el único alivio para la chavalada, y aquel recodo llano junto a la vega era el único lugar donde se podía disfrutar del baño a resguardo de los peligrosos rabiones que corrían ansiosos hacia el Esla. Por eso no fue extraño que Damián, pese a que aún no conocía allí a nadie de su edad, acabase en la poza con los demás en su primera tarde en el pueblo gracias a que se apiadó de él un paisano que lo vio sentado en la plaza cuando bajaba de segar con la guadaña al hombro.

Los saludos y las preguntas siguieron a las primeras miradas recelosas, y un par de aguadillas acabaron de sellar el ritual de adhesión a un grupo que, poco a poco, fue repasando con cierta indiferencia hasta que aquellos ojos de Adela, que brillaban como frascos de miel de brezo, se le clavaron en el alma y ya nunca se los consiguió arrancar. Lo sintió como algo físico, un instante mágico e irrepetible. Como si Marte y Venus se hubieran alineado con sus miradas a las cinco de aquella tarde sobre la peña Susarón.

Sus sentimientos eran algo evidente para todos en el pueblo, y ella, aunque se dejaba querer, siempre mantenía un muro firme sobre esa estrecha línea que en la adolescencia separa el amor de la amistad.

Él conservaba con nitidez en su memoria cada instante de aquellos veranos felices, cada minuto de las mil y una noches de cada mes de julio sentados sobre el césped. Eran unas madrugadas llenas y plenas del cri-cri-cri de los grillos y de horas y horas de charlas, de bromas, de risas… Y en el centro estaba ella, por supuesto. Adela era el astro rey de aquella galaxia perfecta, aunque se pasara la mayor parte del tiempo pegada a sus auriculares.

Amó y sufrió como solo puede sufrir y amar un adolescente en verano. Tenía tatuado en su memoria cada momento de aquellas excursiones en bicicleta, cada verbena de los pueblos del valle, cada orquesta a la que él pedía que tocaran las canciones preferidas de ella, que eran casi siempre las mismas.

Y Damián sabía también que jamás acabaría de cicatrizar del todo la herida profunda que sufrió en una fiesta de San Roque cuando vio furtivamente, desde un lateral del templete de los músicos, cómo era otro el que le daba a Adela el primer beso mientras la orquesta Copacabana interpretaba su mejor aproximación al “Every breath you take” de Police. Aquello le secó los lagrimales y desde entonces odia esa canción y es la única que nunca accedió a pedir para ella pese a que, desde aquella noche, pasó a ser una de las fijas de su lista.

Podría decirse que Adela fue la inventora de las playlists antes de la llegada de la música digital. Damián recordaba las tardes enteras que dedicó a observarla en silencio mientras ella escuchaba una y otra vez el mismo puñado de canciones; eran veinte temas, treinta a lo sumo, que componían la banda sonora de su vida, y a la que muy raramente se incorporaba alguna novedad.

Él le había regalado verano tras verano muchos discos con la esperanza de tocar la tecla mágica, dar con su “canción del verano” y entrar al rebufo de su partitura en el corazón de Adela, pero nunca lo había conseguido.

Veinte años después de aquel primer chapuzón en el Porma, los dos mantenían la amistad, quedaban de vez en cuando en la ciudad y seguían coincidiendo algunos días durante el verano en las fiestas de Cofiñal, donde las orquestas parecían las mismas. Tampoco había cambiado prácticamente la lista de aquellas canciones, que sonaban permanentemente en el reproductor de Adela, en su coche, en su casa, en su trabajo y en cualquier parte donde ella estuviera.

Lo que Damián no sabe es que esas músicas casi sagradas que Adela guarda con tanto celo no son en realidad canciones, sino recuerdos. El “Satisfaction” no es un tema de los Rolling Stones, sino la banda sonora de la fiesta con la que inauguró su piso de estudiante en la Universidad. Cada vez que Andrea Bocelli canta “Con te partiro” ella vuelve con nitidez al viaje de fin de carrera por Sicilia con el Etna en erupción. De vez en cuando también le apetece llorar y es entonces cuando el “Candle in the wind” de Elton John le reabre la misma herida ella le había abierto a Damián aquella lejana noche de San Roque.

Hoy Adela cumple ya treinta y cinco años, y una vez más Damián le ha comprado un disco. Se trata del primer trabajo de un grupo que no conocía, The Bright, que cantan en inglés con un estilo que él pensaba que podía encajar con sus gustos. En el bar donde ella invita a una copa al puñado de amigos de siempre, abrió su regalo, lo ojeó y le preguntó al camarero si lo podía poner en el equipo de música. Fue más por cortesía hacia Damián que por un interés real.

La voz argentada de la cantante sobre la melodía de dos guitarras acústicas hizo que Adela sintiera en su interior cómo Venus y Marte se alineaban sobre la cumbre del Susarón mientras su mente traducía la letra de la canción:

Lo recuerdo bien; la serenidad de tus ojos…

Recuerdo las luces revoloteando por tu cara y tus palabras bailan hoy en mi cabeza.

 

Adela se fundió físicamente con la música mientras él la contemplaba en silencio, como tantas veces había hecho. La cantante continuó:

 

… Ninguna canción llena mi corazón vacío.

Recuerdo tu pelo entre mis manos.

Afuera hacía frío y tú me llevaste a tu cama…

 

Adela supo en ese instante que esa canción tenía que estar el resto de su vida junto a ella, aunque había un problema: no estaba asociada a nada importante en su vida. Hasta que se volvió hacia Damián, miró fijamente el brillo de sus ojos color antracita, que parecían ahora incapaces de parpadear, y le dio el besó más apasionado y sincero que había dado y que daría jamás.

Mientras tanto, la ventisca y la nieve cubrían de blanco la cumbre de Susarón en una heladora madrugada de invierno.


Los nombres de los barcos

Los nombres de los barcos
Autor: Juan Carlos Vázquez
Serie: XXXVII Premio de Novela Felipe Trigo
Editorial: Fundación José Manuel Lara
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Sobre el autor

Juan Carlos Vázquez

Juan Carlos Vázquez

El comic y la magia de la imaginación me enseñaron desde muy niño que, a través de la lectura, todos tenemos el poder de experimentar muchas vidas distintas; y no solo eso, sino que a la vez que disfrutamos de prestado de experiencias extraordinarias, también nos dotamos de herramientas para enfrentarnos a nuestra propia vida.
El descubrimiento de lo literario me llegó, como a tantos, gracias a que se cruzó en mi camino un buen profesor, José María Moratiel, que además de guiarnos por las lecturas adecuadas a mis compañeros y a mí, nos enseñó que puede alcanzarse una tercera dimensión a través de la creación.
Después, el periodismo me dio oficio y muchos años de reporterismo me demostraron que todo ser humano lleva dentro una historia digna de ser contada si tenemos el interés necesario para sacarla a la luz.
A las puertas de la madurez, mi novela 'Los nombres de los barcos' (Fundación José Manuel Lara) me expuso al peligroso virus la vanidad al resultar premiada con el XXXVII Premio Felipe Trigo, pero por suerte mi trabajo en Ámbito Cultural me permite conocer casi a diario a grandes creadores que actúan como los mejores anticuerpos contra la pandemia.

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